lunes, 2 de junio de 2014

Una muestra desaparecida de la arquitectura religiosa de Guadalcanal: La iglesia de San Antonio o de las Minas

                      

                      Por Salvador Hernández González

                      Revista Guadalcanal 2009



El patrimonio artístico y monumental de Guadalcanal ha ido perdiendo a lo largo de su historia muchos de los elementos que lo enriquecieron. Dejando aparte las pérdidas sufridas con las desamortizaciones del siglo XIX, las destrucciones de la Guerra Civil y los expolios y ventas de la recta final del siglo XX, algunos monumentos debieron desaparecer desde antiguo. Este parece ser el caso de la iglesia de San Antonio, que atendía las necesidades de los trabajadores de la Mina del Molinillo. Como los demás templos de la localidad, su atención y funcionamiento caían dentro del marco jurisdiccional eclesiástico de la Provincia de León de la Orden de Santiago, a pesar de ser un templo rural como el de Nuestra Señora de Guaditoca o la desaparecida ermita de Santa Marina. De ahí que la inspección de su funcionamiento se confiase a la Visita Canónica ejercida por los visitadores santiaguistas.

En este sentido, el informe de la Visita Pastoral efectuada el 16 de noviembre de 1575 nos describe la estructura arquitectónica y el patrimonio de bienes muebles de este recinto de culto, que se convertía en el centro espiritual de las cincuenta o sesenta casas que a juicio de los visitadores integraban el poblado minero, levantado por la Corona para la explotación de este yacimiento[1]. En esa fecha el templo estaba atendido por el clérigo Juan Carrasco, en su condición de capellán.

La iglesia era un recinto de medianas dimensiones, pues constaba de una sola nave articulada en tramos por medio de tres arcos de ladrillo. Se seguía así el tradicional modelo de iglesia de arcos transversales o arcos diafragma, propio de la arquitectura mudéjar de la Sierra sevillana y también extendido por las vecinas serranías onubense y cordobesa y las cercanas tierras extremeñas. Y como es propio de este modelo de ascendencia medieval, la cubierta consistía en una techumbre de madera de castaño, dispuesta a un agua, cuya trama estaba integrada por las consabidas vigas o alfajías de madera sobre las que descansaban los ladrillos por tabla, que suplen la tablazón de madera de otras modalidades lignarias. Un sistema de gran tradición en la zona, presente también en la arquitectura doméstica y que como vemos hunde sus raíces en las tradiciones constructivas medievales. Sin embargo, para el presbiterio, la zona más noble del templo, se reserva la cubierta abovedada con crucería gótica, que en el caso de esta iglesia de San Antonio mostraba su plementería realizada en ladrillo, con lo que se reforzaba el componente estético de mudejarismo de estas construcciones religiosas rurales, tan vinculadas a la práctica de los maestros locales que perpetuaban usos y técnicas ancestrales. Para el servicio del templo se contaba con una sacristía mediana, techada a un agua con el mismo sistema constructivo visto en la nave del templo.

Los datos suministrados por esta Visita Canónica de 1575 se completan con el testimonio que ofrece un inventario fechado el 6 de julio del siguiente año de 1576[2]. Si bien coincide en la descripción del templo con el informe de los Visitadores santiaguistas, añade algunos datos complementarios, como las medidas de la nave (25 pies de ancho y 88 de largo), “de proporcionada altura”, y la existencia de dependencias accesorias como la casa del capellán, integrada por dos “piezas” o habitaciones bajas y cuatro altas.

Al presbiterio o capilla mayor se ascendía por tres gradas o escalones forrados de azulejos. El testero estaba ocupado por el retablo mayor, que adoptaba la forma de tabernáculo o templete cerrado por portezuelas. Su estructura descansaba sobre el pequeño tabernáculo del Sagrario, del que sabemos estaba decorado en 1575 con cuatro balaustres – elemento propio del repertorio ornamental del Renacimiento – que sustentaban una cornisa dorada de coronamiento. Se cerraba por medio de una portezuela ornamentada con la representación del tema de la Resurrección de Cristo, seguramente en relieve escultórico. Este receptáculo eucarístico se cerraba con sendas puertas pintadas al óleo y albergaba la custodia de plata del Santísimo Sacramento. El núcleo del retablo lo constituía el citado templete cerrado con puertas (en cuyas caras estaban pintadas las efigies de San Juan Evangelista y San Antonio), que albergaba una imagen también pictórica de la Virgen con el Niño. Sobre la mesa de altar, a la izquierda, descansaba una imagen de San Antonio de bulto redondo. Y coronando todo el conjunto, una imagen del Crucificado también de bulto redondo. Otras piezas de interés eran dos guadamecíes pequeños (piezas de adorno elaboradas en cuero) que representaban a los santos Andrés y Santiago.

El templo contaba también con un ajuar integrado por piezas de orfebrería como un cáliz, dos crismeras, una ampolleta, dos candeleros y una pareja de vinajeras medianas, todo de plata, además de diversas vestiduras litúrgicas como casullas, albas, amitos, frontales de altar, etc. Otros enseres eran un incensario de latón, una caldereta o acetre de azófar para el agua bendita, una campanilla para el altar, dos atriles, la pila bautismal cerrada con tapa de madera, el palio para la procesión del Santísimo Sacramento tejido en damasco carmesí, unas parihuelas cerradas con su tapa a modo de ataúd para los entierros, el guión o estandarte para la procesión eucarística (coronado por una cruz de madera dorada), el reloj de la iglesia, un candelero grande de madera para colocar el cirio pascual, un cajoncito de madera de pino para guardar la cera del Santísimo y un púlpito también de madera de pino con su escalera. Para los cultos de la Semana Santa se utilizaba, como Monumento Eucarístico, un arca de madera de nogal donde se depositaba el Santísimo. Este conjunto de enseres litúrgicos se había costeado tanto a base de las limosnas de los fieles como especialmente a costa de la Hacienda Real, interesada en la correcta atención espiritual de los trabajadores de este poblado minero, en aquella interesante coyuntura de la España de mediados del siglo XVI, cuando las minas de Guadalcanal adquirieron la celebridad con la que han pasado a la Historia.





[1] ARCHIVO HISTORICO NACIONAL, sección Ordenes Militares, Visitas de la Orden de Santiago, libro 1012 – C, folio 378 recto – 379 recto.
[2] ARCHIVO GENERAL DE SIMANCAS, sección Cámara de Castilla – Diversos, legajo 46, documento 31: Relación de los ornamentos y otras cosas de la iglesia de las minas de Guadalcanal (1576).

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