jueves, 31 de octubre de 2013

VISITA AL CEMENTERIO DE SAN FRANCISCO EN GUADALCANAL

                                                      Por Ignacio Gómez Galván

Puerta de entrada al Cementerio de San Francisco
Ahora que no nos oye nadie, querido lector, le diré que a mí siempre me ha dado un poco repelús andar solo por el cementerio. Sin embargo, con sesenta y cinco años recién cumplidos, ya he perdido ese miedo a encontrarme con el Comendador o don Juan Tenorio por los paseos del camposanto, no sé si por la edad, o porque poco a poco se han ido trasladando a este recinto, amigos y conocidos. Con decirte que conozco más nombres de los que están aquí, que de los que viven en ese otro pueblo, que se llama Guadalcanal.

De las muchas veces que he paseado en solitario, siempre tenía la impresión de poder encontrarme algún monje franciscano, en cualquier recoveco del recinto, ya que el cementerio de San Francisco de Guadalcanal, está construido en el solar que antes ocupó el Convento de la Piedad, de la Orden de San Francisco, y fue mandado hacer este cenobio a instancias del Comendador de León D. Enrique Eríquez, nieto del Almirante Alonso Enríquez (natural éste último de nuestra villa) y hermano de Dª Juana Enríquez esposa de Juan II de Aragón, madre de Fernando el Católico, siendo por tanto el Comendador tío político de Isabel la Católica.

Lápida más antigua del Cementerio - Panteón familia Barragán
En la visita que hemos realizado hemos encontrado como lápida más antigua, la correspondiente a Josefa Barragán Vázquez, fallecida a los 21 años, el 17 de septiembre de 1862, que se encuentra en el panteón descubierto de la familia Barragán. Curiosamente en el mismo mausoleo aparecen otras cuatro lápidas, una de Tomás Barragán Ruiz que murió el 14 de abril de 1867 y la de su esposa María Vázquez Guerrero, que feneció el 30 de septiembre de 1883, posiblemente los padres de Josefa. Junto a ellas, podemos ver en el mismo lugar, la de Antonio Barragán Vázquez -hermano de Josefa- que murió el 19 de enero de 1868, también a los 21 años. Por último encontramos la de un abuelo, José Barragán Palacio y su nieto José Barragán García, fallecidos en 1867 y 1875 respectivamente. No nos puede extrañar estas muertes en tan temprana edad, ya que la falta de salubridad en viviendas, agua, calles, hacía posible enfermedades, que aunque hoy no hubieran sido mortales, en aquellas fechas que todavía no se había descubierto la penicilina (Fleming 1928), cualquier enfermedad infecciosa te llevaba a la tumba.
Sector K
 El cementerio ocupa una extensión de 4.292,28 M2. y tiene forma casi cuadrada, como podemos ver en la imagen inferior. 


Vista esquematizada del cementerio realizada por Úrsula Gómez Miguélez
Los nichos circundan todo el perímetro y existen cinco calles interiores, así como panteones familiares y tumbas de particulares, distribuidos en diferentes sectores y zonas, según vemos en el cuadro de la parte inferior. 
Para su construcción el día 10 de diciembre de 1854 se hizo la subasta de la obra, ya que el 22 de noviembre, el Gobernador Civil había ordenado la inmediata construcción del cementerio, desestimando la instancia hecha por López de Ayala, que no quería que se construyera en estos terrenos. Aquel año también se iniciaron las obras de empedrado de las calles y poner nombre y número a las casas.
Sector A derecha
            El dos de julio de 1855, el Ayuntamiento recibió un escrito el Sr. Cura de la Parroquia de Santa Ana y Arcipreste de la villa, en el que manifiesta “que reconocido el nuevo cementerio y encontrándolo con las precisas circunstancias de solidez, decencia y seguridad, deberá bendecirse en el día de mañana y horas de las seis de ella, para cuya ceremonia y dar mayor solemnidad a este acto religioso, invita a la Municipalidad”.

          Seguimos nuestro paseo por las calles donde se encuentran los nichos. Escogemos como punto de partida los que están situados en el sector A y que son los más antiguos. La primera lápida que encontramos es la de Rafael Caballero Ruiz, que dicho así fríamente, quizás a muchos de los lectores no le suene el nombre de esta persona que murió el 27 de diciembre de 1975. Rafael había venido de Fuentes de Andalucía y se quedó en Guadalcanal. Según me comentaba su hija, allí tenía el apodo de “Candelilla” y como no le gustaba ese mote, él mismo se puso el de Rajamanta. De él decía el escritor y periodista Antonio Burgos en una Revista de Guadalcanal que “…inventó el pluriempleo en Guadalcanal, aparte de la tuba (era músico), hay que contar su palo con argolla para coger perros sin vacunar, la cosa, lagarto, lagarto, de enterrador; los pregones de pérdidas de pulseras y precio de tomates en la recién inaugurada plaza de abastos…” Yo también lo recuerdo además en los desfiles de Gigantes y Cabezudos de la feria, con los fuegos artificiales de la misma fiesta y cada año esperábamos el carnaval, para ver con qué disfraz nos sorprendía, sin olvidar al Herodes en alguna Cabalgata de Reyes Magos. Curiosamente a esta persona que yo consideraba muy mayor en mi niñez y juventud, ahora veo que murió a los sesenta años, cinco años más joven que yo.
          En el mismo sector encuentro la de José Chaves Álvarez, el que fuera mi primer y único jefe que he tenido en Guadalcanal. Si de Rafael decía Burgos que fue el primero en inventar el pluriempleo, no sé qué decirles de Pepe Chaves. Era Depositario del Ayuntamiento por las mañanas, secretario de la Hermandad de Labradores por la tardes, corresponsal de Banca (dónde yo trabajaba), almacenista de abonos, delegado de una importante compañía de seguros, corredor y administrador de fincas… y todavía le quedaba tiempo para cada año, pasar la temporada de caza de perdiz, con sus amigos. Les voy a contar –ya saben que los mayores contamos muchas batallitas- una cosa que no se me ha olvidado a mis años. Resulta que yo sólo pude estudiar hasta primero de bachiller, porque el Ayuntamiento había dado una beca de estudios a cinco niños (tres niñas y dos niños) y al segundo año nos dijo el Alcalde que no había dinero para seguir pagándola. Así que como con el sueldo de municipal de mi padre –ya les hablaré más adelante- no había dinero para seguir, habló con Pepe Chaves para ver si podía ir por las mañanas al Ayuntamiento para aprender a escribir a máquina. Así que empecé a realizar unos ejercicios que eran divertidísimos, me pegaba toda la mañana escribiendo asdfg, con los dedos de la mano izquierda y cuando terminaba un folio, metía otro y seguía con el mismo ejercicio de asdfg. Así seguía días y días, hasta que lo hacía sin mirar el teclado y me ponía con otro grupo de letras. No voy a decir ahora que estos penosos ejercicios me han resuelto el porvenir, pero si les puedo afirmar que cuando llegué a la mili me valieron para realizar trabajos que me evitaban las guardias y cuando marché a Barcelona, -al verme como escribía- en la empresa de selección de personal me entregaron carta para tres empresas, quedándome en una de ellas todo el tiempo que estuve en dicha ciudad.
Sector J
            Continuando con la historia les puedo contar, que el Cementerio se bendijo el tres de julio de 1855, quedando dividido en tres patios. Al entrar a la derecha, el patio de San Francisco, a la izquierda, el de San José, y atrás, de pared a pared, el de San Pedro. Dos días después, el cinco de julio, el mismo párroco de Santa Ana comunicaba al Ayuntamiento, el fallecimiento de Josefa de la Cruz, pobre de solemnidad, que vivía en la calle del Berrocal Chico. Para cumplir lo convenido entre el Clero y el Ayuntamiento, referente al enterramiento del primero que muriera y teniendo en cuenta que las tres parroquias tienen ofrecido hacer las exequias y acompañarlo sin devengar derechos, el Ayuntamiento acordó asistir como Corporación al sepelio y dispensando a la familia del pago de los derechos de sepultura.
 
            Se pusieron dos trabajadores fijos en el Cementerio y estaban obligados a la inhumación y a la conducción desde la casa mortuoria hasta el campo santo. Los derechos de sepultura eran: Por un adulto, 10 reales por 10 años, por un párvulo, 6 reales. Antes se enterraban en las iglesias y conventos con precios que iban de 3 a 24 reales. Actualmente se paga 200 euros los diez primeros años y el mismo importe por apertura de los mausoleos y  54 euros por las ampliaciones de cinco años, si son nichos viejos y 66 euros si son nuevos. La apertura de nichos y traslados de restos tiene una tasa de 30 euros. Los mismos importes se pagan por los enterramientos o traslados en los panteones familiares.

Vamos a continuar la visita a nuestro cementerio. José Llinares Llinares fue un médico que vino a Guadalcanal y que como otros muchos, se quedó para siempre con nosotros. José Llinares está en un nicho, aunque la familia de su esposa tiene un panteón. El 25 de febrero de 1933, aparece por primera vez su nombre en un acuerdo del Ayuntamiento,nombrándole médico interino, aunque en noviembre del mismo año aparece su cese por incorporación del titular. En diciembre se creó la Casa de Socorro que estuvo en el antiguo Hospital de la Caridad, y se nombró a José Llinares como titular, pero cosa curiosa, sin sueldo hasta el próximo año. Pero sí cobro como sustituto de Rafael Folch Jon médico titular, al que le concedieron un mes de licencia por asuntos propios. De nuevo Antonio Burgos en una pincelada, nos habla de José Llinares en una Revista de Guadalcanal de 1969: “…Don José Llinares (la guzzi aparcada junto a la Capilla de San Vicente, los calcetines blancos asomados en las piernas cruzadas) lo veía todo como cualquier noche de verano…”  

Efectivamente, así lo recuerdo yo, todos los días sentado en el Casino después de haber realizado la visita a los enfermos que no podían ir a la consulta y antes de ir a su casa en la calle López de Ayala, para ver al resto de enfermos. Era el médico de mi familia y cuando me veía pasar delante de él me llamaba y me decía: ¡Qué te he dicho yo!, el cuerpo recto para caminar, que te vas a quedar doblado como un espárrago mocoso. Yo tuve mucha relación todo el tiempo que estuve en Guadalcanal, ya que era el médico que atendía los accidentes de la compañía que llevaba Pepe Chaves y pasaba muy a menudo por su consulta para pagarle la minuta de los accidentes que atendía. No se me olvida lo que decían la gente de él, y hace pocos días hablando con una persona mayor –más mayor que yo- me decía: “…para las embarazadas, era el mejor médico y además el único que se decidía a operarla si el niño no venía bien. Él le decía al marido, mira, la cosa viene como viene, o la coges en un coche y la llevas a Sevilla, y del puente de San Benito no pasa, o la opero…” En los últimos tiempos cuando ya el asma le asfixiaba, siguió realizando las operaciones, con una persona a su lado que le iba suministrando su medicina, sin interrumpir la operación. Era un profesional muy bueno, no así a la hora de cobrar sus minutas, ya que cuando murió, Pepe Chaves le gestionó el cobro a su viuda, y os puedo asegurar que había cientos y cientos de visitas, sin cobrar durante muchos años. Llinares fue enterrado el día de la inauguración de la feria y coincidió con el homenaje que hicieron a Ortega Valencia ese año, por lo que a prisas y corriendo hubo de buscarse acomodo a uno de los oficiales que venía, que estaba previsto se quedara en su casa.

Sector L
          A partir de 1983 se inició la transformación de los nichos antiguos, construyéndose en su lugar los nuevos que ahora conocemos, trabajos que comenzaron por el sector J, y en la actualidad están en el sector A. Existen un total de 1524 nichos, de los cuales 1353 están ocupados. Hay también seis columbarios en el sector L y trece panteones cubiertos, seis descubiertos y 19 tumbas familiares. 

          Si me permiten, vamos a volver otra vez a uno de los panteones antiguos, en este caso al de la familia Caballero. De esta familia, a la única que recuerdo es a María Caballero, pero permitan que use a Juan Collantes de Terán, que en la Revista de Guadalcanal del año 1983, recordaba así a María Caballero: “…cruzaba al atardecer, muy menuda, la Plaza camino de la Iglesia, por la acera del Ayuntamiento; muy breve el paso, de negro siempre y acompañada la mayoría de las ocasiones, para prevenir una posible caída. Entraba en el templo y llegaba al pie del altar mayor y en una reclinatorio blanco se concentraba en sus oraciones…”
Panteón familia Caballero - de Torres
     Años después cuando conocí la historia de Guadalcanal, siempre que la recordaba me venía a la memoria aquélla otra guadalcanalense que marchó a las américas, llamada María Ramos. María Caballero había venido con sus padres de Riofrío, un pueblo de Granada. El padre ocupó el puesto de secretario del Ayuntamiento durante muchos años. Es curioso, después de tanto tiempo visitando nuestro cementerio y que no haya visto hasta ahora, las historia que hay guardadas en él. En concreto en estas lápidas está casi la biografía de esta familia, cuyo apellido pasó por Guadalcanal y en la actualidad está casi extinguido. Creo que fueron tres hermanas: María, Rafaela y Carmen. Las dos primeras se quedaron solteras y juntas vivieron en la calle Santa Clara hasta su muerte. Debió de ser una familia muy culta, ya que Juan Collantes en la citada revista decía: “…también me mostraba viejas fotografías de reuniones y giras al campo, tal vez a La Torrecilla. Eran aquellos apasionados galanes que acompañaban a muchachas vistosamente encorsetadas con trajes hasta los pies y sonrisas que amarilleaban en el papel de la fotografía. ¡Cuanta vida allí concentrada! ¡Cuantas ilusiones que se perdieron para siempre!...”.  Esas fotografías que decía Juan Collantes siguen existiendo y gracias a mi amiga Mª del Rosario Pérez he podido contemplarlas, así como otras de unas mujeres lavando la ropa en el campo y el recinto de la feria de principios del siglo XX, postales de Portugal, Vitoria, Italia... En el panteón como pueden ver en la fotografía, aparece toda la familia. Carmen Caballero sí se caso y lo hizo con Miguel de Torre Salvador, que como otros muchos vecinos, murió muy joven, a los 39 años. Miguel era hermano de otro personaje guadalcanalense: Juan Antonio de Torre y Salvador “Micrófilo”, del que no encontraremos su lápida en este cementerio, ya que fue enterrado en el cementerio civil, que ya no existe. Juan Collantes también se preocupó de este escritor y de ello nos dejó constancia en otra de las Revistas de Guadalcanal. «Hace algunos años Pedro Porras y yo, con la ayu­da de Rafael, el sepulturero, pudimos reconstruir trozo a trozo la lápida de mármol que inútilmente, debido a la ac­ción del tiempo, cerraba de mala forma su sepultura. En­tonces pudimos averiguar, según se expresa en la piedra, que fue costeada como «tributo de amistad de D. Sebas­tián Gómez Ferreira». Era entonces también lo que queda­ba del recuerdo de un importante personaje de Guadalca­nal; y como ocurre con frecuencia, la trágica frecuencia de siempre, en este caso la tierra no le fue leve en su tierra». Collantes termina diciendo: “…parece ser que pocos años antes de la guerra civil de 1936 se quemaron los libros de su biblioteca,  (vivió en la calle Guaditoca, 6) por considerarlos -los autores del incendio- nocivos para el orden público y las buenas costumbres…” 
          Mi amigo José Mª Álvarez Blanco (el hijo de Pepe el de la Tienda) propuso hace mucho tiempo -y redactó un texto- en la Revista de Guadalcanal del año 1990 para poner un azulejo en la fachada de la Biblioteca Municipal, que creo recordar decía:  
En memoria de
JUAN ANTONIO TORRE Y SALVADOR
"MICRÓFILO" (1859-1902)
Periodista, poeta y folklorista
Autor de "Un capítulo del folk-lore guadalcanalense"
editado en Sevilla  en 1891. Su pueblo agradecido.
Guadalcanal...

           Como pueden ver, en cada lugar que miramos existe una historia. Cuántas puede haber en este cementerio de más de mil quinientas sepulturas.
Panteón familia López de Ayala
          Junto a este panteón se encuentra el de los López de Ayala. No está enterrado aquí nuestro famoso Adelardo, ya que fue sepultado en la Sacramental de San Justo en Madrid, pero sí los últimos López de Ayala que hemos conocido: Baltasar y Manuela, así como el padre de ambos, llamado también Adelardo López de Ayala Gardoqui, su esposa y la madre. Antonio Burgos en un artículo del 2 de abril del 2000 en El Mundo decía: “...ahí está Balta, Baltasar López de Ayala y Cote, el nieto del escritor (tío abuelo digo yo, ya que Adelardo murió soltero) que fue ministro de Ultramar y que proclamó la Gloriosa septembrina. Está aquí aquel Balta, el último romántico que tocaba el violín, que cuando entrábamos en su casa señorial del escudo de hidalguía en la piedra del balcón nos enseñaba las armas de panoplia que había junto a las armaduras en el oscuro escritorio de muebles Renacimiento, cuya ventana daba al jardín romántico del merendero y las esculturas de Venus y Diana. El que tenía un brazo más corto que otro y que venía con nosotros a las excursiones trayendo una pistola con la que a alguno dejó alguna vez que pegase un tiro sobre una botella de tercio de cerveza de la Cruz del Campo puesta como blanco sobre una de aquellas cercas de pizarra que habían hecho los portugueses a comienzos de siglo...”  Baltasar y Manuela parece que hicieron esfuerzos para intentar erradicar de Guadalcanal la memoria de su tío-abuelo, ya que aparte de lo que fueron destruyendo durante su vida, la última en morir, Manuela, unos días antes de su óbito, vendió a un anticuario todo lo de valor que quedaba de muebles, biblioteca, enseres. Dos camiones grandes de mudanzas se presentaron un día y cargaron con todo lo que quedaba. No tienen suerte los escritores que han nacido o vivido en Guadalcanal, si de López de Ayala desapareció todo, a Micrófilo le quemaron su biblioteca, la que tenía Luis Chamizo en la actual calle Costalero, se la llevaron a Badajoz y la que poseía Andrés Mirón (toda la planta baja de su casa llena de libros) sus hijas se la han llevado a Sevilla. Los últimos papeles y fotografías de López de Ayala, desaparecieron quemados en ese jardín romántico que dice Burgos, y que en la actualidad no tiene nada de sentimental.
En el centro panteón de la Iglesia y en el fondo el de la familia Barragán
            Durante estos días que he estado realizando el trabajo de campo, ha habido un trasiego de vecinos que han estado limpiando y preparando las sepulturas de sus familiares, para el próximo día de los Difuntos, que en las grandes ciudades y aquí también, se celebra el día de los Santos. Recuerdo que antes no era así, el día de los Santos siempre se dedicó a celebrar una fiesta, que en el caso de mi grupo de amigos, consistía en pasar la noche bebiendo y comiendo en el campo y algunos años directamente de la gira pasábamos por el Cementerio, con la mirada de recriminación de Don Manuel, el párroco, que claramente oía el sonido de las Cruzcampos que llevábamos vacías en un saco.
Lápidas de los padres del autor
          No sería de bien nacido, sino les dedicara unas palabras a mis padres. Mi padre se llamó Francisco Gómez Tomé, y hubiera cumplido cien años el pasado año, los mismos que mi madre. A la mayoría de los que le conocieron es difícil que puedan localizar su enterramiento, ya que todo el mundo lo conoció como Esteban el Municipal. ¿Qué ocurrió para que le llamaran Esteban si era Francisco?. Resulta que antes, cuando un familiar o vecino se ofrecía para apadrinar un niño, el padrino elegía el nombre, que normalmente era el que él tenía. Lo que ocurriera con mi abuelo no he llegado a saberlo, ya que le puso Francisco en el juzgado. Pero su primo Esteban Tomé se salió con la suya, ya que toda la vida le han llamado Esteban. Entró de municipal  el dos de julio de 1940, ganando 2.350 pesetas al año, (sí, no se ha equivocado en el cálculo querido lector), poco más de catorce euros. Así que esto explica que no me pudiera pagar los estudios y que tuviera que complementar el sueldo con ingresos varios, como reparar sillas de madera, ponerle los asientos de anea, cobrar recibos de hermandades. etc., y así poder criar a cuatro hijos. Fue un hombre bueno y no recuerdo de haber recibido ni una sola bofetada de él. Curiosamente hace pocos meses encontré en mi casa un oficio del Regimiento Infantería nº 6 de Sevilla, donde le concedían una Medalla de Campaña, dos Cruz Roja del Mérito Militar y una Cruz Roja de Guerra. Nunca nos contó lo de estas medallas y solamente una vez nos dijo que le habían herido en la guerra. Mi madre Manuela Galván Espínola, era hija de un carpintero llamado Manuel Galván Gómez y todo el mundo la conocía como Manolita la Sillera. También compatibilizó las faenas de la casa, con la confección de asientos de aneas a las sillas y criar a cuatro hijos, administrando el magro sueldo, que no es poco. Tenía otra faena, que consistía en convencernos amablemente con la zapatilla, de lo bueno que era dormir la siesta y estarse calladito. Puedo asegurar que el sistema funcionó perfectamente.

Llego ya al último tramo del cementerio, donde se han producido los enterramientos de los últimos años. Aquí ya siento la proximidad que he tenido con la mayoría de los que van apareciendo: Andrés Mirón, Plácido Cote, Antonio Luque, Antonio Romero, Antonio Llano … todos más o menos de mi edad y que ahora forman parte de la historia de este cementerio. No quiero alargar más este artículo, pero prometo hablarles de más historias de otros personajes, que aunque se han quedado en el tintero, siguen estando muy cerca, como por ejemplo: Juan Campos, Pepe el de la Tienda, Juliancito, Doña Paca, Don Alfonso, Pipolez, José Luis Barragán...

Panteón familia Collantes
En varias ocasiones he aprovechado lo escrito por Juan Collantes de Terán, para darles a conocer parte de la historia que les estoy contando. Quisiera terminar esta visita hablándoles de él. Fue catedrático de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Sevilla y miembro de número de la Real Academia de Buenas Letras y se casó con Mª Carmen de la Hera, motivo de su relación con Guadalcanal, a la que dedicó muchos artículos en la Revista que anualmente se publica. Collantes murió en Sevilla el jueves 18 de junio de 1987, -día del Corpus- y está enterrado en el panteón familiar en nuestro cementerio. En la Revista de 1970 decía precisamente hablando de este cementerio: “…estamos al final del trayecto; es decir, al final de la vida. Es el camino que todos tenemos que recorrer. El paseo es lento y silencioso, impregnado de la calma y tranquilidad definitiva. El pueblo queda atrás, se va dejando atrás, poco a poco, y antes de rebasar las últimos casas unos niños juegan a Piola siguiendo el hilo de las concatenaciones: "San Isidro labrador, fue a la fuente y se ahogó..," La tarde, casi morada, se llena de vencejos. Alguien viene de vuelta “no a la vida, al pueblo” y el saludo es escueto: -Buenas... Los niños siguen el juego: "muerto lo llevan por los tejados..," Con lentitud la tarde entra en un ocaso definitivo y palidece. Ya estamos ante el blanco muro y el ciprés erguido. Lejanas voces se escuchan muy distantes y se mezclan con los ladridos de un perro. Rezo por los muertos del pueblo y pienso que debo rezar también por los vivos. 

Salida del cementerio
Después, el regreso, al oscurecer casi, con una desvaída memoria de nombres y fechas que allí hemos recordado. El pueblo está ya mas cerca y las niñas siguen aún el juego: "al pasar por San Francisco, se cayeron los jozicos..."

martes, 29 de octubre de 2013

Las islas Salomón y España, un visión reciproca

Monumento a Ortega Valencia en Guadalcanal (Sevilla)
Por  Excmo. Sr. D. Juan Carlos Rey - Embajador de la Unión Europea en Papua Nueva Guinea y las Islas Salomón (1996-2000)

Excelentísimo Sr. Alcalde, miembros de la corporación municipal, honorables invitados del la isla de Guadalcanal, vecinos de Guadalcanal.

En primer lugar quisiera felicitar a este ayuntamiento y la corporación de festejos por esta iniciativa de hermanamiento entre la distante isla de Guadalcanal, donde se sitúa la capital de las Islas Salomón – Honiara – la isla homónima.

El descubrimiento de la mayor parte de las islas del pacifico fue fruto de la audacia, arrojo y el tesón de marinos intrépidos que sin conocimiento alguno de lo que podían encontrar, se lanzaron a la exploración del océano Pacifico descubierto por Balboa en 1513, hace ahora exactamente 500 años, un océano casi 400 veces la superficie de España y el mayor de los cinco Océanos.

Pedro de Ortega y Valencia, vecino de Guadalcanal, hace parte de esos marinos y exploradores intrépidos que han quedado en la historia de la mas grande epopeya de todos los tiempos, como su jefe de expedición, Álvaro de Mendaña, o como otros marinos ilustres como Juan Sebastian del Cano, Loaisa, Fernandez de Quiros, Vaez de Torres, Villalobos y tantos otros excepcionales marinos que surcaron mares desconocidos, contribuyendo de una forma única al desarrollo del conocimiento cartográficos, náuticos, astronómicos y, en general a todos los aspectos de las artes de la navegación, además de la cartografía y descubrimientos en el océano Pacifico. Y todo esto 200 años antes que otros países europeos,  sobre todo ingleses y franceses, se lanzaran a redescubrir lo que los españoles ya habían hecho con anterioridad, tratando de dejar en el olvido, de forma intencionada, toda la hazaña marítima española.

Evidentemente estas expediciones, que eran muy costosas para la Corona española, tenían un objetivo, la búsqueda de nuevas riquezas y la conquista de nuevos territorios. Entre las riquezas mas buscadas estaba las especias, como la pimienta, el clavo la canela o la nuez moscada, que constituían un codiciado producto y también el acceso a los lucrativos mercados de sedas y porcelanas orientales, de China y otros países.

La primera expedición de Álvaro de Mendaña, en la que participó Pedro de Ortega Valiente junto con su hijo Jerónimo, buscaba el Ofir, lugar bíblico de donde provenían las riquezas empleadas por el rey Salomón para la edificación de su templo.

Esta expedición marcaría para siempre la toponimia de las Islas Salomón, dando nombres a islas y accidentes geográficos de este país, que después de más de casi 500 años aún perduran. Tan solo y a titulo de ejemplo citaré, además de la isla de Guadalcanal, las islas de Santa Isabel, San Cristóbal, Santa Ana, Santa Cruz, San Jorge, Florida (pues los expedicionarios llegaron el día de la Pascua Florida) el arrecife del Roncador, la bahía de la Estrella o bahía Graciosa.

Mi buen amigo Francisco Mellen, gran historiador y conocedor de la historia de los descubrimientos españoles del Pacifico ya ha expuesto los detalles del descubrimiento de la isla de Guadalcanal descrita por el hijo de esta villa de Guadalcanal, la llegada de las naves españolas, los primeros contactos con los pobladores de las islas y como se desarrollaron estos contactos, los encuentros amistosos y los conflictos que estallaron, etc... todo aquello quedó narrado con precisión en las numerosos informes, memoriales, cartas y otras descripciones que hicieron los expedicionarios españoles a su regreso de la expedición.

Pero apenas quedan referencias de como fue percibida la llegada de aquellos extraños e inesperados navegantes por parte de los nativos de las islas que visitaron, es decir una imagen especular, desde el otro lado del espejo de este encuentro. Y es precisamente es sobre este aspecto que trataré de aportar alguna luz.

En cualquier caso el impacto debió ser muy importante por dos motivos principales, la rotura del aislamiento por la llegada de unos hombres desconocidos y el choque de culturas, simbolizado por una tecnología superior y desconocida, en la que citaremos el acero y las armas de fuego.

Esta contraste debió dejar una profunda impronta en las poblaciones autóctonas, pero no se preservó entre otras razones por la ausencia de escritura, pues la memoria histórica en los pueblos del Pacifico se hace por tradición oral, y esta en numerosas ocasiones, sobre todo en el caso de los pueblos melanesios, se limita a unas 5 generaciones, lo que supone a grandes rasgos unos 200 años. Así, la tradición oral de la llegada de los españoles debió ser mantenida hasta finales del siglo XVIII o a lo más inicios del XIX.

Durante mis numerosas vistas a las islas Salomón, tuve la ocasión de tomar referencias de la tradición oral en los lugares en donde desembarcaron los españoles, añadiéndolas a las referencias de antropólogos y misioneros.
En unos de los relatos, que describe la llegada de los hombres blancos por los nativos, la tradición oral nos se dice:

Tan pronto como vieron al hombre blanco acercarse a la costa pensaron que debían ser fantasmas. El hombre blanco los llamo a gritos, pero por su terror corrieron hacia el bosque. Durante días, a escondidas, llegaron a saber que clase de seres eran esos hombres blancos, si se trataba de hombres reales o de fantasmas. Durante días no pudieron establecer contacto con el hombre blanco, pero poco a poco se acercaron al demostrar el hombre blanco signos de amistad. Uno de los nativos caminó hacia el hombre blanco y fue tratado con amabilidad. No solo eran amistosos sino que le dieron algunas de sus pertenencias, le dieron espejos y abalorios y piezas de paño. Por último Belenbangara hizo aparición y les hizo saber por signos que él era el jefe.

Este relato coincide en el fondo con los de los españoles, si bien hay ciertas discrepancias, ya que según la tradición oral el encuentro se hizo en la playa y según los españoles se hizo en un barco.

En otro de los relatos obtenidos, la tradición oral nos dice que:

El hombre blanco permaneció en la isla por al menos 10 lunas. La gente llamaba a los barcos “nguanguao” (Nuguan-Nuguao) y decían que eran manipuladas por fantasmas y transportaban enfermedades. Mas tarde, siempre que la gente veía un barco aproximándose decían a sus mujeres e hijos que se escondieran y el hombre rezaba a los espíritus para que estos se llevaran al Nguan-Nuguao que transportaba enfermedades.

Las relaciones entre visitantes y las poblaciones locales conocieron diferentes evoluciones. De forma general los inicios eran amistosos con intercambio de objetos por comida, pero siempre con una cierta desconfianza mutua. El uso de armas de fuego atemorizó a las poblaciones locales y esto contribuyó a una relación de prudencia, sin embargo las tropas españolas cometieron desmanes y actos injustificados que enturbiaron las buenas relaciones, si bien en ciertas ocasiones fueron debido a lo que consideraron una mala conducta de los nativos (un robo, por ejemplo), terminando en la mayor parte de las ocasiones en un conflicto mortal, tanto para los españoles como para la población local.

Después de la segunda expedición de Mendaña en 1595 al archipiélago de las Salomón y tras el fracaso del asentamiento en Bahía Graciosa, en la isla de Santa Cruz, la presencia española se desvanecería durante siglos.
Ya en tiempos modernos, y justo después de la independencia de las Islas Salomón se establecieron relaciones diplomáticas con el Reino de España el 8 de agosto de 1980.

Pocas han sido los contactos posteriores, salvo alguna rara excepción, como es el caso de la creación de la empresa pesquera mixta Mendaña Fishing Industry, establecida entre el grupo Calvo y operadores locales.

En las relaciones comerciales España se situaba en el 4° puesto de los clientes de las islas Salomón, con un 5,3% de los intercambios, con la importación de aceite de palma y pescado. Las exportaciones desde España consisten en aparatos de electrónicos, y productos farmacéutico.

Con la entrada de España en la UE, se establece nuevo lazo, aunque sea indirecto, entre las islas Salomón y España, en el contexto de la Convención de Cotonou, por él que Salomon Islands es parte de la familia ACP (constituida por 96 países en vías de desarrollo de tres regiones del mundo: África, Caribe y Pacifico) y tiene derecho al acceso de los Fondos Europeos de Desarrollo de la Unión Europea, a los cuales Espana contribuye con un porcentaje.
        
Las relaciones también se hacen a través del Forum de las islas del Pacifico (Pacific Island Forum) que engloba los países del área pacifico y sus socios y parteners, entre los que se encuentra España, así como la Unión Europea.

Ahora permítanme dirigirme en su propia lengua a los ilustres invitados venidos desde la lejana Guadalcanal, en las islas Salomón.

Oketa mison from Gudalcanal, mifala welkamin ufala long Gudalcanal.
My barava happy tumas for shea wetem ufala long disfala taem, wetem honorable representatives blong Gudalcanal wetem umi long hia today.
Today hem wanfala historical time highlightim nara historical time wea arrived 445 years ago, time wea wanfala Spanish sailor hem born lo disfala biutiful village long Guadalcanal.
Long team blong mi osen Abasada blo European Union lo Port Moresby, acrediated long Salomon, lomg 1996-2000, mi barava harem gud taem for visitim staka diferen Plessis long Happy Islands ia.
Mi mitin staka different pipol from different plesis, and tok wetem oketa
An mi barava enjoyim tumas hao oketa keepim mi, welkamim mi and care for mi.
Mi visitim staka provinieses Central, an from Choisel, new Georgia, gogo kasim kam long Pigeon Islands long Santa Cruz. Mi passim Makira, Malaita an Renell tu.
Mi also very happy for garem contribution long development blomg okela samfala important numbers of projects, wea hem financed by European Development Funds, an wanfala na disfala contruction blong Ministry of Finance lo Honiara.
Speech blong mi long Spanish language ia, mi trae for showm noma what luklukan tinting blo oketa local pipol taem oketa Spanish pipol arrive long Solomon islands.
Once again, mi laik for tenkim ufala an mi hapi tumas for time blong ufala lomg hia wetem mifala.
Tagio tumas.
Muchas gracias por su atención

sábado, 26 de octubre de 2013

APUNTES HISTORICO – ARTISTICOS SOBRE LA ERMITA DE NUESTRA SEÑORA DE GUADITOCA (3 de 3)

Fotografía Rafael Rodríguez Jimenez
Por Salvador Hernández González – Revista Guadalcanal 2013

Hoy día Guaditoca es escenario de un rico programa ritual y festivo, centrado en la celebración de dos romerías anuales. La primera tiene lugar el último sábado de abril para traer la Virgen al pueblo, vestida de pastora. Tras pasar la imagen la primera noche en la iglesia del convento del Espíritu Santo, es trasladada a la parroquia de Santa María de la Asunción. En este templo tendrá lugar ya a finales de agosto o comienzos de septiembre la función principal, que se celebra el tercer día de la feria del pueblo, seguida de la procesión de la Virgen hasta el real de la feria y regreso a la parroquia. El ciclo festivo finaliza cuando el último sábado de septiembre se lleva la Virgen desde la parroquia al citado convento del Espíritu Santo, para el siguiente domingo volver ya a su santuario.


Fotog. Ignacio Gómez
El templo levantado en el siglo XVII como vimos en sustitución del primitivo medieval muestra en su fábrica el clasicismo de líneas y la sobriedad ornamental propias del protobarroco seiscentista. Construido en mampuesto y ladrillo, es un edificio de planta rectangular de una sola nave compartimentada en tres tramos por medio de pilastras, y cabecera cuadrada [1] , a la que en 1718 se le adosó el camarín, labrado por los alarifes de Llerena Alonso González y Antonio José González, y Manuel Fernández, de Guadalcanal.


Fotografía Ignacio Gómez

El retablo mayor, recompuesto a raíz de los daños sufridos en 1936, sigue fielmente los postulados del barroco clasicista del propio edificio, a pesar de la avanzada fecha de ejecución de esta ensambladura, que fue concertada el 1 de enero de 1675 con Francisco de Saavedra Roldán y Juan de Vargas, vecinos de Zafra por precio de 6.000 reales de vellón [2]. La pintura y dorado del retablo fue concertada el 29 de agosto de 1678 con Antonio Granada, maestro dorador de Zafra  [3] . El retardatario diseño utilizado en esta ensambladura muestra una estructura  compuesta por banco, un cuerpo dividido en tres calles por medio de columnas corintias entorchadas, que dejan entre sí hornacinas semicirculares surmontadas por recuadros mixtilíneos. Entablamento y cornisa coronada por volutas en sus extremos da paso al ático tripartito, centrado éste por una caja de formato cruciforme flanqueada por dos laterales cuadradas.

Preside el retablo en la hornacina central la imagen de la Titular, obra realizada por Antonio Illanes en 1937 en sustitución de la primitiva gótica destruida en la Guerra Civil. Flanqueando la imagen los restantes registros se destinan para albergar pinturas, conservadas con gran deterioro, excepto en las hornacinas inferiores de las entrecalles, donde ocupan su lugar imágenes modernas de serie sin valor artístico.
Fotografía Ignacio Gómez

En el ornato interior del templo desempeñan un papel fundamental las pinturas murales, obra como se dijo del maestro de Llerena Juan Brieva a comienzos del siglo XVIII. Distribuidas por toda la superficie de las bóvedas del templo con el habitual sentido de “horror vacui” propio de la estética barroca, la riqueza del programa iconográfico planteado en estas cubiertas compensa la mediana calidad de su factura, al tiempo que reclama un estudio monográfico que desentrañe sus claves ideológicas y su filiación artística, que se ha puesto en relación con un programa de tipología similar desarrollado en la ermita de Nuestra Señora del Ara en la cercana población pacense de Fuente del Arco. Entretanto, apuntaremos aquí la presencia de escenas del Antiguo Testamento como el Juicio de Salomón, elementos profanos como las Cuatro Estaciones, alegorías de las Virtudes y una galería hagiográfica en la que se alternan apóstoles y diversos santos.


[1]MORALES, Alfredo José – SANZ, María Jesús – VALDIVIESO, Enrique – SERRERA, Juan Miguel: Guía artística de Sevilla y su provincia. Diputación Provincial de Sevilla, 1981. (Se cita por la reedición de Sevilla, 2004). Págs. 389 – 390.

[2]VILLA NOGALES, Fernando de la – MIRA CABALLOS, Esteban: Documentos inéditos para la Historia del Arte en la provincia de Sevilla. Sevilla, 1993, pág. 125.

[3]Ibídem, págs. 167 – 168.

miércoles, 23 de octubre de 2013

APUNTES HISTORICO – ARTISTICOS SOBRE LA ERMITA DE NUESTRA SEÑORA DE GUADITOCA (2 de 3)


Por Salvador Hernández González – Revista Guadalcanal 2013

Este mecenazgo fue el germen de la estrecha vinculación que a partir de ahora tendrá la familia Carranco con la ermita de Guaditoca, de la que acabaron siendo administradores y patronos. Así en 1653 Don Pedro de Ortega Freire, hijo de Don Alonso Carranco, desempeñaba el cargo de mayordomo de la cofradía, figurando entre sus logros la concesión de un Jubileo para el Santuario y la fundación de un patronato – en virtud de cláusula de su testamento otorgado en 1671 – para asegurar el culto a la imagen titular, adquiriendo la familia a cambio la condición de patronos del templo. A lo largo de la segunda mitad del Seiscientos la iniciativa de los patronos coexiste con el desenvolvimiento de la cofradía matriz de Guadalcanal y las filiales extremeñas, que mantienen su actividad cultual y se ocupan del incremento del patrimonio de ornamentos sagrados, bajo el impulso económico representado por las limosnas de los fieles y la riqueza mercantil puesta en movimiento por la anual celebración de una feria en los aledaños del santuario, lo que motivó la construcción de unos portales destinados a servir de albergue a los feriantes, cuya obra inició en 1691 Juan Gordillo maestro alarife vecino de Zafra. La concurrencia de fieles determinó la suntuosidad del culto a la Virgen de Guaditoca, cuyas fiestas se celebraban en la Pascua del Espíritu Santo, fecha escogida para la celebración de las citadas ferias. Y como era frecuente en estos santuarios de la Edad Moderna, la imagen titular sólo era llevada al pueblo de Guadalcanal en caso de calamidad pública.


El siglo XVIII supuso la consolidación del régimen del patronato del templo por parte de la familia Ortega. Así en 1722 Don Alonso Damián de Ortega Ponce de León y Toledo, bisnieto de Don Alonso Carranco de Ortega, solicitó y obtuvo para sí y sus sucesores el nombramiento de patrono del templo, argumentando los beneficios y atenciones que su familia había dispensado a favor del culto a la Patrona de Guadalcanal. Se iniciaba así un régimen de administración de los bienes y rentas por parte de esta familia (ennoblecida por esta época con el título de Marqueses de San Antonio) que duraría hasta el siglo XIX, en detrimento de las prerrogativas y derechos de la cofradía de Guadalcanal y de las filiales extremeñas. Esta gestión dio algunos frutos en el campo del arte, como fue la construcción, poco antes de 1728,  de la bóveda de la iglesia, el coro y la espadaña, tareas de las que se ocupó Agustín de Robles, maestro mayor de obras del Cabildo de la ciudad de Llerena, el dorado del retablo mayor en 1732, la ejecución entre 1739 y 1741 de las pinturas murales de la nave y presbiterio, encomendadas al pintor de Llerena Juan Brieva, o la ejecución de las andas de plata de la Virgen, encargadas al maestro llerenense Pedro Oliveros en 1748. Los inventarios de mediados del siglo XVIII dan buena idea de las alhajas, joyas, vestidos y ornamentos que poseía la Virgen de Guaditoca, con piezas tan destacadas como la corona y media luna con que se ornaba la imagen y las citadas andas procesionales.


Ya a fines del siglo XVIII el Ayuntamiento de Guadalcanal dio nuevo impulso a sus viejas pretensiones de ejercer el patronato sobre el santuario de Guaditoca, consiguiendo en 1792 ser nombrado administrador del mismo. En el propio año se traslada la feria de Guaditoca a la villa, hecho que se reveló como sumamente perjudicial para el Santuario al restarle la asistencia de aquel tráfago de mercaderes, feriantes, romeros y cofrades, anunciando ya el declive de la devoción, consumado en el siglo XIX. Las desamortizaciones decimonónicas y el desinterés de los patronos, junto con la extinción de las cofradías, fueron reduciendo la que fue devoción comarcal a un ámbito estrictamente local, aunque conservando el rescoldo del fervor popular. Así lo patentiza la refundación de la hermandad de Guadalcanal, con la aprobación de sus nuevos estatutos por el Consejo de las Ordenes Militares el 14 de abril de 1863. Fruto de este resurgimiento fue la restauración del Santuario de Guaditoca en 1913, embelleciéndose el interior del templo con la colocación de nueva solería, zócalos de azulejería y otros reparos.

domingo, 20 de octubre de 2013

APUNTES HISTORICO – ARTISTICOS SOBRE LA ERMITA DE NUESTRA SEÑORA DE GUADITOCA (1 de 3)

     

Ermita antigua de la Virgen de Guaditoca, hoy destruida 


 Por Salvador Hernández González – Revista Guadalcanal 2013

La pertenencia de Guadalcanal desde la Edad Media y hasta comienzos del siglo XIX a la jurisdicción civil y eclesiástica de la denominada Provincia de León de la Orden de Santiago, que abarcaba gran parte de la actual Extremadura, ha determinado su histórica adscripción a la región extremeña hasta que los cambios administrativos de la Edad Contemporánea la incorporaron a Andalucía. Esta peculiaridad jurisdiccional otorga a esta población antaño extremeña y hoy andaluza un sello diferencial con respecto a las poblaciones vecinas de la comarca, que se advierte en su devenir histórico y en su patrimonio artístico. De ahí que la vida del santuario de Nuestra Señora de Guaditoca haya tenido un desarrollo diferente al de las demás ermitas de la comarca, obviamente como decimos por la dependencia de los templos de Guadalcanal de la autoridad religiosa santiaguista que tenía su cabeza visible en el Provisorato de la cercana ciudad de Llerena.

La trayectoria histórica del santuario de la Patrona de Guadalcanal es bien conocida en sus líneas generales gracias a la clásica monografía que al mismo le dedicó el presbítero Antonio Muñoz Torrado[1], beneficiado de la Catedral de Sevilla y estudioso de la historia eclesiástica hispalense. Esta historia de la Virgen de Guaditoca sirvió de base para la obra del mismo tema del estudioso local Pedro Porras Ibáñez[2], donde se da entrada a la leyenda y la evocación literaria sobre la base de las noticias documentales suministradas por Muñoz Torrado. Así pues plantearemos aquí una apretada síntesis de los datos que ambas obras nos brindan.
Como en otros casos similares, el origen de la devoción se vincula a la aparición de la imagen de la Virgen en el paraje denominado de la Vega del Encinal, cercano a un arroyo. La advocación escogida, Guaditoca, es topónimo con raíces islámicas, cuyo significado ha recibido diversas explicaciones, pero parece vincularse en opinión de Muñoz Torrado a la raíz “vadi” – río en árabe – y “tdaika”, que significa angostura, estrechez, aludiendo tal vez a las características morfológicas del lugar donde la leyenda ubica la milagrosa aparición. Incierta también es la cronología de la leyenda, como sucede en este tipo de relatos, aunque el estilo gótico de la primitiva imagen destruida en 1936 y el hecho de que en el lugar del Santuario se dividían los términos entre Guadalcanal y Azuaga hasta el nuevo deslinde ordenado por el Infante Enrique de Aragón en 1428, invitan a pensar en unos orígenes bajomedievales de la primitiva ermita, cerca de la cual se levantaría en época barroca el templo actual.

La devoción se fue incrementando y extendiéndose por poblaciones vecinas como Azuaga, Berlanga, Valverde de Llerena y Ahillones, donde hubo cofradías que peregrinaban a la ermita de Guaditoca, muy visitada por otra parte dada su situación en el antiguo camino arriero que comunicaba Andalucía con Extremadura. En este sentido es curioso señalar que el Niño de la Virgen de Guaditoca, denominado popularmente “el Bellotero” goza todavía de gran devoción en la vecina Valverde de Llerena, donde se considera como su Patrono y a la que se traslada su imagen para permanecer allí cierto periodo del año. 

La curva ascendente de la devoción se hallaba plenamente consolidada en el siglo XVII, momento en el que entra en escena un importante personaje, Don Alonso Carranco de Ortega, nacido en Guadalcanal en 1586 y casado con Doña Beatriz de la Rica. Este bienhechor,  acaudalado y propietario de tierras en el pago de los Berriales, lindantes con la vieja ermita, asumió la iniciativa de contribuir a la edificación de un nuevo templo, cuya fecha de inicio se desconoce pero en el que se trabajaba con seguridad en 1638, concluyéndose la construcción en 1647, según consta en una lápida situada en la fachada de la iglesia[3]. En opinión de Muñoz Torrado, el mecenazgo de Carranco de Ortega se limitó a la nave de la iglesia y el presbiterio, siendo el camarín  y la decoración pictórica mural costeadas por la hermandad de Nuestra Señora de Guaditoca y la piedad de los devotos, aunque en la documentación el mentor del nuevo templo lo considera como completa obra suya, como lo expresa en su testamento al afirmar que “por mi devoción he hecho una iglesia a la Virgen Santísima de Guaditoca”.




[1]MUÑOZ TORRADO, Antonio: El Santuario de Nuestra Señora de Guaditoca, Patrona de Guadalcanal: notas históricas. Sevilla, 1918. (Reedición, Ayuntamiento de Guadalcanal, 2003).

[2]PORRAS IBAÑEZ, Pedro: Mi Señora de Guaditoca. Guadalcanal, 1970.

[3]El texto, recogido por Muñoz Torrado, dice así: “A HONRA Y GLORIA DE DIOS Y DE SU SANTISIMA MADRE HIZO ESTA OBRA DE ESTA SANTA CASA D. ALONSO CARRANCO DE ORTEGA Y DOÑA BEATRIZ DE LA RICA SU MUGER Y DE SU HAZIENDA. ACABOSE AÑO 1647”.

jueves, 17 de octubre de 2013

Guadalcanal en un célebre tratado de caza medieval: el Libro de la Montería de Alfonso XI (2 de 2)


Por Mª Dolores Gordón Peral – Catedrática de la Universidad de Sevilla – Revista Guadalcanal año 2006

La Sierra de Hayón es buen monte de puerco en yuierno, et a vezes ay osso. Et son las bozerías la vna desde los Veneros fasta la senda que ua de Guadalcanal a las casas de don Berenguer; et la otra bozería es entre los guijos et esta sierra, sobre el moljno de Alfonso Peres. Et que estén omnesque deseñen en cima de la cumbre, et son las armadas la vna a la Xara de Cordobilla, et la otra a Sancta  María de Lara, et la otra deyuso del moljno de Alfonso Peres (fol. 276 r.)
Un primer hecho que nos llama la atención son las continuas referencias a la fauna de interés cinegético: en la época videntemente abundaban aún no sólo los jabalíes (“puercos” en el texto), sino también los osos, en algunas zonas todo el año, en otras en determinadas temporadas (“en tiempo de las uvas /  de los panes”, etc.). Los nombres de los lugares de importancia para la caza –bien como punto de referencia geográfica, bien como sitios adecuados para la instalación de las “vocerías” (lugares donde un grupo de monteros espantaba con sus gritos a los animales salvajes) y las “armadas” (puntos donde otros cazadores se emboscaban para acechar a las presas que huían- llevan en parte nombres conservados hasta hoy, en parte nombres ya perdidos, tanto de origen anterior a la Reconquista como creados mediante el léxico castellano. Encontramos lugares que derivan su nombre del propietario o de un dueño anterior (que, como mucho, debió haber vivido un siglo antes, pues la cristianización de la región era aún reciente en la fecha de redacción del libro): La Casa de Johán Roiz, La Casa de Sancho Garçía El Carnicero (personaje sin duda vivo aún en la fecha de redacción del libro, a juzgar por la alusión a su oficio), El Colmenar de Pero García de Magas, La Cabeça del Catalán (ha de tratarse de un donadío concedido como recompensa por los servicios prestados en la reconquista), El Colmenar de Sancho Muñós, El Colmenar de Martín Esteuan, La Sierra de Johán Peres, Las Casas de don Berenguer, El Moljno de Alfonso Peres. Otros topónimos hacen referencia a características naturales del terreno que designan, como vegetación típica (El Arroyo del Fresno, El Tamuioso “lugar poblado de tamujo”, La Cabeça de la Palma, La Peraleda, El Monte de la Parrilla), determinadas formas del terreno (Cabeças del Guiio; como guijo se designaba en la lengua medieval a una elevación con cima en pico;  El Cabeçuelo, diminutivo de cabezo “cerro”), a la abundancia de agua (Los Veneros), o a actividades humanas que habían dejado huellas visibles (La Senda de las Roças “terreno rozado”, varios colmenares, casas, molinos, etc.). A estos nombres fáciles de interpretar lingüísticamente gracias a su origen castellano se suman otros cuya creación remonta a capas lingüísticas anteriores a la Reconquista: además del nombre de la localidad, Guadalcanal (que suele interpretar como formación híbrida árabe-mozárabe wadi “río” + canal), destaca la mención del santuario más venerado: Guaditoca, que aparece en este texto en su primera atestiguación, si bien un tanto deformado por influencia de una etimología popular fácil de comprender (el primer elemento del nombre, Guadi-, se asocia con la voz castellana agua: Agua de Toca). Otro nombre anterior a la implantación del castellano en la región es Belanixa, forma sin duda de origen árabe antroponímico, basada en el árabe ibn “hijo de” (La Jayona (que figura en el texto como Sierra del Hayón), La Parrilla, entre otros.