domingo, 4 de agosto de 2013

NOVELA DE LÓPEZ DE AYALA - 30

GUSTAVO (continuación)


—  ¡Oh! Cuanto la dicha ennoblece los corazones. ¡Vd. abogando por su rival! ¡Válgame Dios, y todo porque Gustavo no la ama! Si así no fuera, Vd. meditaría planes de venganza, y estoy seguro (vea Vd. lo que somos), que a mi entonces se me había de antojar hacerme el defensor de la inocencia.
              Conoció la Condesa que no tenía fuerzas para luchar con semejante hombre. Inclinó la cabeza sobre el pecho comprimido. Un rayo de amor iluminaba su alma; examinó a su luz su pasada conducta, y conoció la infeliz que no hay mayor tormento para una mujer de dignidad, que tener que inclinar la frente delante de un libertino.
Acercose el Conde a su lado y la tomó una mano: en ella estaba la carta.
—          ¡Oh! ¡Qué mano tan encantadora! Aún no puedo estre­charla entre las mías sin conmoverme todo.
Quiso llevarla a sus labios, y la Condesa la retiró vivamente. La carta quedó en poder del Conde.
— Sosiéguese Vd., Señora; Vd. ya ha hecho bastante para tener la dicha de desprenderse de una rival sin ser responsable de nada. Envidiable posición es la suya; queda Vd. bien a un tiempo con su amor y con su conciencia, ¡Abur, Condesa!
— ¡Oh Dios mío! ¡Grande es el delito que he cometido, según el remordimiento que me deja!

Buenas noches, Elena,
—  ¿Qué? ¿tan pronto se va Vd. la cama?
—  ¡Cómo tan pronto!  Son cerca de las once he dormido poca siesta y quiero recogerme temprano. Y tú debes hacer lo mismo: anoche, según dices, dormiste poco: ya se ve, si no comes nada... A ver el pulso... Como siempre, nervioso. Hija, yo no sé esto en que ha de venir a parar. Te aseguro que me vas poniendo en cuidado…
—  No se retire Vd. tan pronto.
—  Tú no tienes apetito y te niegas a hacer ejercicio; tú estás triste y no quieres asistir a paseos, a teatros…
—          Bien; pues siéntese Vd. y me reñirá despacio.
—          Desde mañana, si es verdad que me quieres, has de mudar de vida. Haz un esfuerzo: asiste cuatro o seis noches seguidas al teatro, y tú verás, de que pase algún tiempo, como la soledad te causa tanto hastío como ahora te parece que ha de causarte la concurrencia. Pero no quiero desvelarte; que duermas bien... ¿Por qué me miras tan tristemente? ¿Qué te pasa, hija mía?
—          Nada; no tengo nada.
—          Buenas noches: que duermas bien... Ten confianza en Dios, hija mía; tú eres muy buena, y no es posible que seas muy desgraciada...
—  Pero por Dios, Señorita ¿qué significa ese llanto tan desconsolado? decía la buena Luisa, hermana de leche de Elena.
—  No sé, Luisa; te aseguro que no sé por qué lloro; pero así que alguna persona me trata con dulzura, me dan unas ganas de llorar… y es que me digo a mí misma: «Todos me aman menos éI» Esta idea me deshace el corazón en llanto.
—  Y ¿quién le dice a Vd. que no le ama? ¿acaso el señorito deja de visitarnos? ¿No le trata a Vd. con el mismo cariño que siempre?
— ¿Quien me dice que no me ama, Luisa? Mi corazón, que gime en la más profunda soledad. Nos visita, es verdad; eso es lo que más siento, el ver que su bondad le encadena a mi lado. ¡Qué carga tan gravosa debo serle! ¡Oh Dios mío...! ¡Es fuerza que acabe por aborrecerme! ¡Si él tuviera valor para olvi­darme del todo, te aseguro que sufriría mucho menos!

—                ¡Olvidarla a Vd.! ¡Aborrecerla! Es claro que sufriría Vd. mucho menos, porque un hombre capaz, no digo yo de aborre­cerla, de dejarla de amar, es indigno de que nadie le quiera. Pero ¿por qué piensa Vd. tanto...?

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