jueves, 27 de junio de 2013

NOVELA DE LÓPEZ DE AYALA - 11

GUSTAVO (continuación)

Así un pintor, al acabar de trasladar al lienzo la dulce y consoladora imagen de una virgen, en vez de adorar a la mujer que le sirvió de modelo, se enamora exclusivamente de la pin­tura.
Por otra parte, Gustavo entraba por primera vez en Madrid: su imaginación se había desencadenado, y su ambición de gloria empezaba a satisfacerse, y él necesitaba representar en una mujer los encantos y turbulencias de su nueva vida. La modesta Elena no podía representar este papel.
Porque ¡cuán diferente era el amor de la joven!; Si Elena hubiera conocido a Gustavo después de haber adquirido la gloria que ya le circundaba, le hubiese admirado en el fondo de su corazón, pero su natural modestia le hubiera impedido el amarlo; le conoció niño, y aunque desde luego presintió su gran­deza, entonces no le espantaba, porque Gustavo se la hacía comunicable con la espontaneidad del niño.
Aquella mezcla encantadora de mancebo candoroso y de hombre grande, despertó exclusivamente para el amor toda la adormecida existencia de la niña; después de conocer a Gustavo, delante de otra cualquier persona sentía muerta la mayor parte de su alma; sólo la luminosa mirada del compositor poeta, que siempre revelaba algún grande pensamiento, lograba infundirle vida. La peligrosa franqueza con que Gustavo le comunicaba sus gran­diosos planes, exaltaba su virgen imaginación con las más dulces esperanzas, y lejos de despertar su orgullo, manifestándole que ella era capaz de comprender sus grandes pensamientos, sólo en ella veía una muestra de la bondad y modestia de su amante; nuevo encanto que acrecentaba su amor. Elena se juzgó amada.
Ella había visto un lindísimo cuadro que representaba un soberbio león a quien Cupido conducía a su antojo, sin otro freno que una hebra de seda. La idea de que ella representaría en la brillante existencia del compositor poeta el papel del niño alado, inundaba sus ojos en lágrimas de ternura, de amor y felicidad.
Finalmente, acostumbrada a vivir delante de los ojos de su amante, el día que de ella los apartara, no sabría la pobre niña para qué pudiera servirle la existencia.
Pocos meses antes de salir Gustavo de Salamanca, murió una anciana que había servido de aya a Elena: su tutor, con el pretexto de aliviarla de la grave melancolía que esta desgracia le había producido, vino a establecerse a Madrid; otro en realidad era su objeto; pero más le valiera no haber salido nunca de Salamanca.
—  ¡Nada me dices, Elena! —dijo Gustavo, como dando a entender que él había callado, no por otra cosa, sino por que aguardaba a que ella hablase la primera– tu silencio me castiga más cruelmente que pudieran hacerlo tus palabras.
— ¿De qué sirven las quejas, Gustavo? Además, si tú tuvieras alguna disculpa satisfactoria que darme, no esperarías a que yo me quejase: cuando tú me la callas, más me valdrá no saberla.
— Elena, ¿de dónde nace la nueva reserva con que me tratas? ¿Es acaso que tu orgullo no te consiente tratar con igual franqueza al autor celebrado que al estudiante oscuro?

—  ¡Mi orgullo, Gustavo! ¡no me insultes! estudia tu corazón, y en él encontrarás la causa de mi reserva. En otro tiempo, es verdad, no había secretos entre los dos: poco me importaría que tú penetrases cuanto está pasando en un corazón; pero dime: ¿tú te atreverías a manifestarme lo que pasa en el tuyo? No: no te atreverías, y yo te lo agradezco. Ya lo ves, Gustavo, no hay miedo de que pierdas un afecto, pues la misma razón porque otra dejaría de quererte, a mi me esfuerza a quererte más. Quizás esto sería para ti una desgracia. 

No hay comentarios: