miércoles, 5 de octubre de 2011

ADELARDO LÓPEZ DE AYALA - 50

Ambos son, pues, dos aspectos de la dramática del siglo XIX. Tamayo desea probar en su discurso que «las criaturas facticias para ser bellas han de ser formadas a imagen y semejanza de la criatura viviente.» En el momento en que planteaba el axioma no podía ser más útil, toda vez que, encendida la lucha de clásicos y románticos, unos y otros alejaban la verdad del teatro. Y la verdad debe ser incorporada a la escena, siempre que sea depurada por el crisol del arte; pero sin alterar la realidad, sino amalgamando lo bella y lo verdadero. No es difícil descubrir en Tamayo el viejo recuerdo de preceptistas aristotélicos; y para que el concepto no quede anquilosado deduce luego que la verdad en el mundo cabe en el teatro. La ficción escénica dejará de ser bella y pecará además de falsa cuando representa lo raro y no lo natural, la excepción y no la regla, en lugar de hombres apasionados; cuando pinta con minuciosa exactitud, antes que los del alma, los movimientos de la carne, ahogando, por decirlo así, el espíritu en la materia; cuando lejos de reproducir solamente lo más awndrado, esencial y poético de la naturaleza, toma de ello lo grosero, insustancial y prosaico.»

Pero este realismo no debería ser tan absoluto que incorporase a la obra lo feo y aún lo repugnante. En cada caso, el escritor deberá muy bien medir sus fuerzas y, sobre todo, escoger; nunca será bastante recomendar la tarea colectiva. «¿Debe acaso la dramática reputar feo y despreciable lo que la individualidad humana tiene de peculiar y característico? Antes al contrario, conforme va siendo mayor el desarrollo de la vida en los distintos objetos y seres de la creación, mayor es, como prueba de su valer, la diferencia que entre ellos existe. Poco se distingue un mineral de otro; más una planta de otra; más un bruto de otro bruto. Y por efecto del libre ejercicio de las potencias morales, cada hombre en su modo de ser difiere radicalmente de los demás. Vaciarlos a todos en los moldes donde pierdan los rasgos constitutivos de su peculiar carácter es empobrecerlos y darles condición de inferiores.» Estas individualidades se transparentan en la dramática; la verdad, así lograda, por fuerza tendrá un fin ético.

Morando juntos sobre la tierra el bien y el mal, es imposible separarlos en el arte, ya que la representación de lo malo de igual suerte que la de lo bueno, será tanto más bella artísticamente considerada, cuanto sea más verdadera. Por cierto, señores, que el personaje dramático no sería bello sino cuando, como el hombre, esté compuesto de cuerpo y alma, y alternativamente vuele hacia lo alto y se incline hacia la tierra. Aquellas figuras que aspiren a ser puro espíritu, puro heroísmo, pura bondad, no serán espirituales, ni heroicas, ni buenas; con ínfulas de sobrenaturales, valdrán mil veces menos que la naturaleza; sorprenderán acaso, no conmoverán nunca. Y no sólo no es dado al arte despojar al ser humano de las flaquezas y miserias sin rebajarlo ni empobrecerla, pero tampoco suprimir el espectáculo de la vida, sin menoscabar su grandeza, los vicios ,y los crímenes para no representar más acciones magnánimas y virtuosas.»

Aunque exista el mal, no por eso el mal ha de ser reflejado en el teatro, tal como es, si no tiene conducta y valor de ejemplaridad. «Lo que importa en la literatura dramática es, ante todo, proscribir de su dominio cualquier linaje de impureza, capaz de manchar el alma de los espectadores; y empleando el mal únicamente como medio, y el bien siempre como fin, y dar a cada cual su verdadero colorido con arreglo a los fallos de la conciencia y a las eternas leyes de la Suma Justicia. Santificar el honor que asesina, la liviandad que por todo atropella representar como odiosas cadenas los dulces lazos de la familia; condenar a la sociedad por faltas del individuo; dar al suicida la palma de mártir; proclamar derecho a la rebeldía; someter el albedrío a la pasión; hacer camino del arrepentimiento el mismo de la culpa; negar la virtud, negar a Dios, consecuencias son de adulterar con el empleo de lo falso en la literatura dramática, ideas y sentimientos, crimen fecundo en daños infinitamente mayores que el de adulterar hechos en la historia. Con la verdad por guía no le acontecerá al arte confundir el mal con el bien; y si en tales o cuales épocas, a los ojos del vulgo, vuelve adquirir ciertos vicios y mentiras apariencias de virtudes y verél, despojándolos del pérfido disfraz, los mostrará desenmascarados y al desnudo.» «La gran poesía, que ha de estudiar el autor dramático, escrita se halla en el corazón del hombre por mano de Dios.» Escoger y depurar, separar lo noble, detestar el vicio; tales son los postulados. Tamayo reconoce que su propósito no es nuevo, ni mucho menos, sino que se halla en los clásicos y en los modernos. La imagen acude a su elocución, con una doble vertiente: carro de Venus, carro de Elías. «Semejante el drama antiguo a un sereno lago contenido en cerco de flores, de poco profundas y al par muy cristalinas aguas; parécese el moderno al mar, nunca del todo quieto, sin valla que al parecer lo limite, negándole a los ojos, no al alma que siente y adivina, el penetrar hasta su fondo, en que todas sus riquezas oculta lo más precioso, admirable, como el carro de Venus, aquél deslizándose mansamente en región intermedia; éste, como el carro de Elías, que parte del cielo, toca en la tierra y vuelve despidiendo llamas a confundirse en las alturas; el uno es bello, el otro es sublime.»

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