martes, 30 de noviembre de 2010

BLANCO DE GUADALCANAL/Y ALOQUES DE BAEZA/ME CONFORTAN LA CABEZA



Por Quimiófilo

Hace ya algunos años, leyendo un conocido texto del erudito extremeño D. Vicente Barrantes(1), tuve conocimiento de los tres versos que encabezan estás líneas. Si no recuerdo mal, fue casi al mismo tiempo que, hojeando novedades en una librería madrileña descubrí el dicho comarcal en el que las mujeres de Guadalcanal salían muy bien paradas, y que, como tal vez recuerde el lector, decía así:




Cazalla, tierra de Dios
Constantina de galanes
Guadalcanal, buenas mozas
y en El Pedroso, olivares.(2)


En aquel momento tuve la impresión que el dicho anterior, era ese tipo de coplas de autor anónimo que canta el pueblo, que tanto entusiasmaban a Demófilo, padre de los Machado Ruiz, y a su buen amigo nuestro heterodoxo Micrófilo, y que alguien transcribió para que no se perdieran. En cambio, sospeché que los versos que dan nombre a este texto, que relacionan el que fuera famoso vino blanco de nuestro pueblo con los aloques(3) de Baeza, deberían pertenecer a una composición poética de carácter jocoso. Todo era cuestión de paciencia y tener un poco de suerte y hoy traigo a estas páginas digitales el texto completo de la composición que encontré hace más o menos dos años. Los versos formaban parte de un villancico(4) que aparecía en una recopilación de otro gran erudito extremeño, Bartolomé José Gallardo(5), y el poema completo, según la edición de 1863 dice lo siguiente:

1272.- VILLANCICOS: Aquí comienzan unos Villancicos muy graciosos de unas comadres muy amigas del vino. Agora nuevamente impresos.

Papel volante en 4º - l.g. en un pliego con una estampeta con tres figuras, una de ellas empinando una bota, en que bebe.

VILLANCICO


No me vea yo a la mesa
si no siempre el jarro lleno.
Poco bebo, mas quiérolo bueno.
Con tanto cada mañana
como una blanca de agua,
mato y enciendo mi fragua,
y estó alegre y vivo sana.
De vino contino hay gana;
por el pan poco me peno.
Para mi pobre comida
con un azumbre(6) estoy buena,
y entre la comida y cena
bien me basta una medida.
Despues para la comida
basta un pucherito lleno.
Blanco de Guadalcanal
y aloques de Baeza
me confortan la cabeza

con Yepes y Madrigal
Mártos y Ciudad Real
con lo de Torre-Jimeno.
Quien el vino me quitare
quitada tenga la vida;
nunca es pobre la comida
donde el vino no faltare
no hay dolor que se compare
con vello en poder ajeno.
Yo no siento igual dolor
que estar comiendo sin vino;
sólo en pensallo me fino
y lloro al mejor sabor.
Dios bendiga tal licor
qu’el agua hacerse cieno.
En mi fresca mocedad,
con cuya memoria muero,
siempre estaba lleno un cuero
para mi necesidad.
Mas ya por mi pobre edad
poco vale lo que ordeno.
En un jarrillo cualquiera,
boquituerto, desasado,
tengo de ir, por mi pecado,
á casa de la tabernera.
Y ella es tan limosnera
que remedia el mal ajeno.
Toma tocas y gorguera,
coñas(7), cuentas y sortijas,
y de esotras baratijas
madejas, telas, calderas.
De aspas y devanaderas
(8)
un jarayz(9) tiene lleno.

***
El vino y Extremadura, dos constantes en la Historia de nuestro pueblo que aparecen en innumerables escritos, aunque desde 1839 seamos oficialmente andaluces sevillanos. No discuto que la reordenación administrativa, que hizo que L. de Ayala naciera pacense y muriera sevillano, no esté justificada orográficamente, pero el peso de la historia es indudable. Así, como algunos andaluces emigrados se definen cataluces/andalanes, los guadalcanalenses desde el punto de vista regional nos podríamos llamar andameños/extremaluces, o sea híbridos, que no es mala cosa en estos tiempos de delirios identitarios.

Cuando estoy a punto de concluir este texto la prensa del día(10) informa que cuatro jóvenes guadalcanalenses acaban de inventar un programa para ordenador, que facilitará el pedido del condumio, y agilizará la gestión de los restaurantes, desde los omnipresentes teléfonos móviles. La modernidad que se entromete en el pasado. ¡Bienvenidos emprendedores guadalcanalenses! Si la prensa andaluza en general, y la sevillana en particular, diera más noticias como esta, significaría que Andalucía no solo es sinónimo de tradición, sino también del progreso, que trae el bienestar general.

Madrid, 26 de noviembre de 2010

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Notas.-
(1) En la página 237 de Aparato bibliográfico para la Historia de Extremadura, (Madrid: Estab. Tip. de Pedro Núñez, 1875-1877), 3 vol., del erudito extremeño Vicente Barrantes Moreno (Badajoz, 1829 – Pozuelo de Alarcón, 1898).

(2) Mujeres de Guadalcanal, buenas mozas. pp. 133-134. (Guadalcanal, Revista de Feria, 2003).

(3) aloque.(Del ár. hisp. halúqi, y este del ár. clás. halúqi, del color del azafrán diluido).
1. adj. De color rojo claro; 2. adj. Se dice especialmente del vino tinto claro o de la mixtura del tinto y blanco. U. t. c. s. (DRAE, edición en línea).

(4) villancico.(De villano).1. m. Canción popular breve que frecuentemente servía de estribillo; 2. m. Cierto género de composición poética con estribillo; 3. m. Canción popular, principalmente de asunto religioso, que se canta en Navidad y otras festividades. (DRAE, edición en línea). Obviamente el término se usa en esta composición poética, en su primera acepción, y no en la usual de carácter navideño.

(5) En pp. 1229-1230 de Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos de Don Bartolomé José Gallardo. Tomo I. Edición de 1863 de la Imprenta y estererotipia de M. Rivadeneyra. B.J. Gallardo Blanco fue un célebre bibliógrafo, erudito y escritor extremeño nacido en Campanario (Badajoz) 1776 y fallecido en Alcoy en 1852.

(6) azumbre. (Del ár. hisp. aṯṯúmn, y este del ár. clás. ṯum[u]n, octava parte). 1. amb. Medida de capacidad para líquidos, que equivale a unos dos litros. U. m. en f. (DRAE edición en línea).

(7) coña. 1. f. vulg. Guasa, burla disimulada. 2. f. vulg. Cosa molesta. (DRAE edición en línea). Este término usado en plural en el texto se refiere claramente a la segunda acepción.

(8) devanadera.1. f. Armazón de cañas o de listones de madera cruzados, que gira alrededor de un eje vertical y fijo en un pie, para que, colocadas en aquél las madejas del hilado, puedan devanarse con facilidad; 2. f. Instrumento sobre el que se mueve un bastidor pintado por los dos lados para hacer mutaciones rápidas en los teatros. (DRAE edición en línea).

(9) El DRAE recoge la versión actual jaraíz que define como sinónima de lagar, que como es sabido es el recipiente donde se pisa la uva para obtener el mosto.

(10).- Véase el suelto “El móvil se convierte en camarero”, diario El País, edición Madrid, 26-11-2010, página 72.

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 28

VI

El reloj de todos los españoles se detuvo en la madrugada de un 18 de julio. Llevábamos los Castelló poco tiempo en Badajoz. Mi padre era Gobernador de la Plaza desde hacía varios meses. Recuerdo algo de aquella ciudad en que mi hermana y yo, niñas aún, y sospecho que mi madre también, nos aburríamos soberana­mente.Como éramos criaturas, mi hermana y yo no teníamos consciencia de la que ocurría en nuestro país. Algo inquietante debía pasar desde hacía varios meses.Después vino la madrugada del 18 al 19 de julio. Recuerdo a mis padres entrando en nuestra habitación:
-«Papá se va a Madrid.»
-« ¡ Qué bien ! » -grité palmoteando de alegría.
-«Ni te doy un beso ni nada. Dentro de pocos días estare­mos juntos en Madrid.»Mi padre había recibido una llamada del Ministerio de la Guerra, preguntándole si podían contar con su plaza y guar­nición;
-«En estos momentos tan confusos -fue su respuesta- ­tendría que consultar con Jefes, Oficiales y hasta Suboficiales.»
La tropa la tenía a su lado, pues recuerdo una canción en la que se hablaba de destituir a uno, fusilar a otro, desterrar a un tercero y que terminaba «queremos, queremos a Castelló». Las noticias que llegaban de África eran confusas. Se habla­ba de un levantamiento militar, sin que se supiese si era impor­tante o no, si estaba a punto de ser sofocado, o si podría ex­tenderse a la península.Segunda llamada, de madrugada, de Miaja, Ministro de la Guerra:
-«Ponte en camino para hacerte cargo de la Capitanía de Madrid.»Mi padre tenía el mando de la primera División Orgánica, por no haber titular en ese puesto desde que el General Virgilio Cabanellas, en marzo de 1936, había sido nombrado inspector.
-«Luis -le dijo mi madre-. ¿Te vas a marchar solo? Llé­vate a Matallana.»Matallana era uno de sus ayudantes; el otro, Puimariño, había solicitado permiso días antes para ir a Sevilla.
-«Puimariño, ya sabe usted cómo está la situación, yo pue­do darle permiso para la provincia de Badajoz o Madrid, pero Sevilla no entra dentro de mi jurisdicción.»
-«Es que tengo unos asuntos muy importantes de familia que resolver» -explicó.
-«De acuerdo, Puimariño, usted se va, pero conste que si le ocurre cualquier cosa, se ha ido usted sin mi permiso.»
-«Muy bien, mi General.»
Puimariño se marchó a Sevilla para ponerse a las órdenes del General Queipo de Llano. Acompañado de Matallana, mi padre emprendió el viaje al amanecer. Al llegar a Carabanchel le dieron el alto en un cuartel:
-«¿Quién vive?»
-« ¡ General Castelló ! He sido llamado a Madrid por el Mi­nisterio de la Guerra.»El centinela le pidió la documentación.
-«Puede seguir» -le dijo al devolvérsela. Más tarde supo mi padre que estaba sublevado.
-«¿Por qué me dejarían pasar?» -se preguntaba siempre mi padre.Sin más incidentes llegaron a Madrid. Desde las puertas ce­rradas de la Capitanía les dieron nuevamente el alto:
-«¿Quién vive?»-«¡General Castelló! ¿Por qué tenéis las puertas cerradas?
-«¡Porque nos están tirando!»
-«¿Desde dónde?»-«De todas partes.»
-«¿Quiénes?»-«No lo sabemos.»
Siguió el coche su marcha hasta el Ministerio de la Guerra. Fue esta vez detenido por un grupo de milicianos. Al proseguir le preguntó mi padre a su ayudante:
-«Matallana, ¿se ha fijado usted en las fusiles que llevaban esos hombres?»
-«No. ¿Por qué, mi General?»
-«Son los fusiles nuevos del Parque de Artillería. Yo les había mandado quitar los cerrojos siendo Subsecretario. ¿Cómo están en manos del pueblo?»
Finalmente llegó ante la presencia del General Miaja, a quien encontró entre un nutrido grupo de militares y paisanos:
-«Vengo a ponerme a tus órdenes» -manifestó mi padre.
-«Soy yo quien tiene que ponerse a las tuyas, porque mien­tras venías te hemos nombrado Ministro de la Guerra» -reci­bió como respuesta.
-«¿Pero qué es lo que está sucediendo en España?»
-«Un alzamiento militar... Creemos que será algo sin tras­cendencia. Cuestión de pocos días, como lo de Asturias.»
-«Yo no puedo aceptar un cargo así en estas circunstan­cias, sin antes reflexionar» -afirmó mi padre.
-«Mi General, si le hubiésemos nombrado Ministro de Agri­cultura o de Comercio podría usted alegar su incompetencia, pero siendo usted militar y habiendo sido durante tres años Subsecretario de este Ministerio no puede decir que no está capacitado. Su no aceptación en estos momentos sería muy sos­pechosa.»
Y así se vio nombrado Ministro de la Guerra.
-«¿Cuál habría sido tu postura de haberte quedado en Ba­dajoz?» -le pregunté en cierta ocasión.
-«De ninguna manera luchar contra mis compañeros y con­tra los españoles. Cabían dos soluciones: una, marcharme con vosotras a Portugal y de ahí a Francia si me hubiesen avisado a tiempo, y la otra, sabiendo que quienes venían a tomar Bada­joz eran Yagüe y Castejón, ambos amigos, haber consultado con jefes y oficiales y haber rendido la plaza.»
Años más tarde le pregunté a Castejón:
-«¿Por qué no avisaste a mi padre?»
-«Porque tu padre era republicano, temí que nos traicio­nase. Además, yo no podía tomar tal determinación sin permiso, era un simple Comandante.»
-«No, mi padre no era republicano; sirvió con lealtad a la República como había servido a la Monarquía, pero era apo­lítico» -repliqué.
-«Tu padre me escribió a Marruecos ofreciéndome el cargo de ayudante. Le respondí que no contase conmigo, pues estaba muy conforme donde me encontraba y el me manifestó que dejaría vacante el puesto durante diez meses para que reflexio­nara. Le contesté nuevamente que era inútil, que estaba deci­dido a permanecer en Marruecos. No sé qué habría sido mejor para nosotros, pero no cabe lamentarse, los dados del destino estaban echados.»
-«Me vi, pues, obligado a aceptar el cargo. Se fue el Presi­dente al Ministerio de Marina y yo me quedé a solas con Sara­via, quien me informó que el levantamiento en África estaba frustrado. Le conté que camino al Ministerio había encontrado milicianos con fusiles sin estrenar. Me respondió que el Tenien­te Coronel del Parque de Artillería, señor Gil, había ordenado hacer en una fábrica civil 25.000 cerrojos de fusiles Mauser que habían sido colocados a otros tantos fusiles. Decidí hablar con las ocho Divisiones. Me puse en comunicación con la segunda División, pero no contestó. La tercera, Valencia, estaba al man­do de mi buen amigo Martínez Monje:
-« ¡ Hola, Luis! ¿Desde dónde me hablas? -y bajando la voz- ¿Desde Badajoz?»
-«No... desde Madrid. Me acaban de designar Ministro de la Guerra.»
-« ¡Tú, Ministro! »
-«Fernando, ¿estás a favor del Gobierno o en contra?» -pregunté.
-«Pues mira, como creo que esto es cuestión de unos cuan­tos días, he declarado el estado de sitio y estamos acuarte­lados.»
Hablé entonces con la cuarta región, Barcelona. Saravia, que estaba presente, me dijo:

domingo, 28 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 27


Las Cortes depusieron a Alcalá Zamora, nombraron a Azaña Presidente de la República y a Martínez Barrios Presidente de las Cortes. Casares Quiroga pasó a Presidencia del Gobierno conservando su cargo de Ministro de la Guerra.
El 14 de abril se lanzó una bomba debajo de la tribuna pre­sidencial; hubo tiros y un gran alboroto. Al desfilar la Guardia Civil mataron al teniente Reyes. En su entierro el General Po­zas, Director de la Guardia Civil, ordenó que se condujera el cadáver por la calle Serrano, mas las Comisiones presididas por Gil Robles lo llevaron por la Castellana en dirección al Pa­lacio de las Cortes. Hubo un choque violento entre la Guardia Civil y los Guardias de Asalto y, como consecuencia de ello, hubo muchos muertos y heridos. Enterado el Presidente del Go­bierno de estos incidentes, comenzó en la Gaceta a destituir a los jefes de la Guardia Civil que no eran afectos a la República; lo mismo hizo con los Guardias de Asalto.
En Alcalá de Henares, un Capitán de Caballería que iba en bicicleta vio en la calle cómo unos paisanos golpeaban a un hombre que estaba en el suelo. Al tratar de intervenir, fue agre­dido y para salvarse se refugió en su casa, en las afueras de la ciudad. El populacho lo siguió hasta allí; él se asomó por distintas ventanas para hacer creer que no estaba solo y co­menzó a disparar, para dar tiempo a que llegasen sus compa­ñeros del Regimiento. El alcalde dio cuenta al Ministerio de lo ocurrido y ordenaron al Jefe del Regimiento que se trasladase por carretera a Palencia. Tanto el Coronel como los Jefes y Oficiales se negaron a ponerse en marcha y el Regimiento fue conducido al nuevo destino por sargentos. Se les formó causa por sedición y el Tribunal que los juzgó dictó penas severas. Como yo era autoridad judicial, estudié el asunto con mi audi­tor y rebajamos las sanciones. La mayor pena impuesta fue de doce años; el Ministro me llamó a su despacho para advertirme sobre mi benevolencia y le contesté que como autoridad judi­cial no admitía insinuaciones de nadie.
También hubo un choque entre los alumnos de la Academia de Toledo y los ciudadanos. Se notaba ya la malquerencia entre paisanos y militares.
El 12 de julio se supo en toda España la noticia del asesi­nato de Calvo Sotelo. Sorprendió también la muerte misteriosa del General Balmes. El General Franco se trasladó a Gran Ca­naria para asistir a su entierro. Luego, en lugar de regresar a Tenerife donde estaba con mando, se fue a Casablanca y al día siguiente llegó a Tetuán. El 17 de julio se dio, a través del Mi­nisterio de la Guerra, la orden de acuartelamiento de las tropas en toda España. Las noticias que se recibían de Marruecos eran muy confusas sobre el levantamiento en aquel territorio.»

sábado, 27 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 26


Se lo dije al señor Azaña y éste me contestó:

-"Pues entonces no me conviene, designe a otro." Nombré al Coronel Capaz y ordené al Jefe de E.M. de Ma­rruecos le mandara que se presentase en Madrid. Llegó el Coro­nel y le informé sobre el tema. Le pregunté:
-"¿Qué necesita usted, mi Coronel?"
-"Nada. Me voy a Canarias, me proporcionaré una lancha motora, un intérprete y dos ayudantes."
Desembarcó en Sidi Ifni, y era tal su prestigio que toda la región se le presentó ofreciéndole su apoyo.
El Ministro se entusiasmó y me dijo:
-"¿Cómo se le puede recompensar?"
-"Ascendiéndolo a General; además, nos podemos ahorrar el expediente de ascenso, pues de estos hechos no están entera­dos más que el señor Azaña, usted y yo, y por ello le traeré el Proyecto de Ley que haya que llevar a las Cortes."
El Proyecto de Ley que llevó el señor Lerroux a las Cortes de la República, tan desobedientes y tan heterogéneas, emocio­nó a éstas y poniéndose de pie la Cámara entera le dio al Co­ronel Capaz el empleo de General por aclamación.
Esta votación han querido sumársela los aduladores del Ge­neral Franco a los méritos por él contraídos en los asuntos de España. Pero en este hecho no ha tenido injerencia alguna. Muertos Azaña y Lerroux, de la veracidad de lo que narro res­pondo yo.
Un día se presentó en mi despacho el prestigioso médico militar Gómez Ulla:
-"Mi General, el doctor Sloker, de fama mundial, ha sido en su juventud teniente de Sanidad Militar. Este Cuerpo desea que se le conceda la gran Cruz Blanca del Mérito Militar."
Se lo propuse al Ministro Lerroux y me contestó:
-"Extienda usted el Decreto."
El día señalado por la Comisión, en el Cuartel del Conde Duque en el que estuvieron alojados durante la Monarquía los Regimientos de Húsares y Princesa y, en la República, la Aca­demia de Medicina, se efectuó el homenaje.

Asistí a aquel acto para acompañar al Ministro. Tomó la palabra y dijo:
-"Señores Generales, Jefes y Oficiales, cuando acompañado del General Subsecretario, invitado para presidir este acto, su­bía las escaleras, mi imaginación ha retrocedido sesenta años, pues hace tiempo mi hermano y yo corríamos por este viejo caserón mal vestidos y calzados. Mi padre era maestro herra­dor. Figuraos mi emoción al dirigiros la palabra como Presi­dente del Consejo y Ministro de la Guerra y poner en el pecho del doctor Sloker esta gran Cruz."
Las últimas palabras del discurso las pronunció con tanto sentimiento que levantó una tempestad de aplausos.
El diario «La Nación» publicó un artículo en el que inquiría qué había hecho el señor Azaña de los millones sobrantes de la supresión de los Cuerpos armados. Le leí el artículo a Le­rroux:
-"Señor Ministro, días antes de cesar el señor Azaña le inculqué la idea de que los diez millones de pesetas sobrantes se ingresasen en el Tribunal de Cuentas."
El Ministro me indicó:
-"Contéstele así al periódico."
Al día siguiente volvió «La Nación» a preguntar qué había hecho el señor Azaña de los fondos reservados del Ministerio. Y otra vez hablé con Lerroux:
-"Como bien sabe, señor Ministro, a usted y a los otros ministros les entregué 13.333 pesetas que es la doceava parte de lo consignado en el presupuesto para esta atención."
-"Hágaselo saber al periódico. Como usted sabe, mi Gene­ral, el señor Azaña está preso en Barcelona y ésta es una cam­paña de insidia. Me place su actitud con un caído y me consuela saber que si el día de mañana me encontrara en una situación similar sin duda usted me defendería."
-"Cuente usted con ello, pues en estos casos administrati­vos llevo yo gran parte de la responsabilidad."
Al producirse la siguiente crisis entró el General Masquelet en el Ministerio de la Guerra con un gabinete de transición. Masquelet duró un mes.
Nueva crisis y nuevo Ministro: Gil Robles. Cuando tomó posesión del cargo le presenté mi dimisión y me dijo que, en discordancia con los ministros anteriores entendía que el cargo de Subsecretario de Guerra era un cargo político y, por lo tanto, había designado en mi lugar al General Fanjul, que era miembro de la CEDA. Manifesté entonces que podía entregar mi cargo en el acto, pero me pidió que continuase en él unos quince días a los efectos de que el General Fanjul se enterase de los asuntos del despacho.
Sobrevino una nueva crisis; se hizo cargo del Gobierno Portela Valladares, y como Ministro de la Guerra asumió el cargo el General Molero, que me dio como destino Badajoz. Este go­bierno convocó a elecciones generales. Se formaron dos gran­des bloques: el Frente Popular y la CEDA, Radicales y Agrarios. Fueron elecciones muy reñidas; triunfó el Frente Popular. Es­tos sucesos ocurrieron estando yo en Badajoz y fueron el pró­logo de la guerra civil.
Respecto de la votación, tanto en Badajoz como en Madrid los simpatizantes de las derechas se abstuvieron de votar; unos lo atribuyeron a que aquel día llovía copiosamente, otros a la apatía de los votantes. Se rumoreó que la FAI le propuso a Gil Robles que si les daba tres millones de pesetas se abstendrían de votar. Según cuentan, el señor Gil Robles les contestó que a él le sobraban votos. Entonces la FAI ordenó a sus secuaces de toda España que votasen a favor del Frente Popular. Se supo luego que fueron los que decidieron la votación.
A l designar el Presidente de la República al señor Portela Valladares para formar Gobierno, el cese de Gil Robles como Ministro de la Guerra estaba implícito. En ese momento Gil Robles, Franco y Mola tuvieron una ocasión única para hacerse con el poder, pero la ceguera de Gil Robles y su creencia en el triunfo les hizo perder esa ocasión. Después del triunfo del Frente Popular, Azaña asume la Presidencia del Gobierno y nombra Ministro de la Guerra a Casares Quiroga. Inmediata­ mente depusieron del mando del Estado Mayor central a los Generales Franco y Mola.

viernes, 26 de noviembre de 2010

EL MÓVIL SE CONVIERTE EN CAMARERO


En el periódico El País de hoy, podemos leer esta noticia:

Tú me lo guisas, yo te lo pido. Cuatro amigos de Guadalcanal (Sevilla) han creado una aplicación para que los clientes de un bar vean en su móvil la carta, con información y fotos de cada plato, hagan la comanda e incluso pidan la cuenta. Todo sin hablar, directo a barra y a cocina.
No Waiter (sin camarero), gratuita para el cliente y el restaurador, también sirve de buscador de restaurantes y permite hacer pedidos a domicilio sin descolgar el teléfono. Entrar, pedir, ver los precios, confirmar (para evitar errores) y pagar, a golpe de tecla.

Sus creadores, los hermanos Pablo y Pedro Núñez y Javier y Antonio Llano, tienen una filosofía definida: con móvil, sin esperas. Como quieren ser un referente mundial, la aplicación está ya en español e inglés, y, si funciona, se traducirá a lenguas asiáticas.

El restaurante mexicano Amanecer, en Sevilla, es el primero en incorporar el sistema. Desde ayer, los clientes usan iPhones para hacer el pedido (en 2011 estará para BlackBerry, iPad y Android y se podrán hacer pedidos a domicilio). En este local los camareros usan PDA y sus dueños creen que No Waiter creará empleos al agilizar la rotación de mesas.

EL ÁRBOL DE LA PIMIENTA DE LA CASA DE LA CULTURA

La semana pasada pasé por la Casa de la Cultura y cuando observé lo bonito que estaba el árbol de la pimienta, sentí la necesidad de sacar estas dos fotografías, que aparecen en este artículo.

Este árbol centenario lo había traído desde Cuba uno de los Castelló que vivió en la isla y como otras cosas, trajo este plantón de la pimienta.


Hoy que he vuelto a pasar por allí, me he quedado sorprendido, ya que el centenario árbol ha desaparecido.

Es de suponer que este Ayuntamiento habrá pedido autorización para su tala, a la Consejería de Medio Ambiente, ya que no creo que un árbol de ciento y pico de años, se pueda talar de la noche a la mañana.

Con esta misma fecha vamos a informar a la citada Consejería de Medio Ambiente, de la tala de este árbol de la pimienta, del que no creemos existieran muchos ejemplares por la zona.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 25


En Asturias las columnas de López Ochoa tropezaron con grandes dificultades. Las columnas de Balmes, Bosch y Yagüe no pasaron de los desfiladeros. Un Batallón de Cazadores pro­cedente de Marruecos -nos participaron de Ceuta-, al embar­car, entró en el barco cantando la «Internacional». Se dio la orden a la marina de que lo detuvieran en El Ferrol. El General Balmes, desde Busdongo, me dijo por teléfono que López Ochoa había ordenado suspender las hostilidades. Fui a ver al Ministro y éste a Lerroux; ninguno sabía nada. Por fin, pudimos averi­guar, a través de López Ochoa, que éste estaba en conversacio­nes con el diputado socialista González Peña, jefe de la rebelión asturiana (ambos eran masones). Pactada la paz entre los dos, se procedió la recogida de fusiles y del dinero procedente del Banco de España (unos catorce millones). Se envió al Coronel Aranda para auxiliar a López Ochoa, el cual, una vez en Oviedo, me informó por teléfono que los rebeldes tenían una gran can­tidad de fusiles nuevos cuya procedencia se ignoraba.
Cuando, en 1932, fui con mi columna de Alicante a Sevilla para los sucesos de Sanjurjo me encontré con que en el Parque Militar de Artillería había 40.000 fusiles y 300.000 cartuchos. Si el movimiento revolucionario del General Sanjurjo hubiese sido de extrema izquierda, asaltado el Parque, hubieran tenido para armar un ejército. Se lo comuniqué al Ministro Diego Hidalgo Durán, quien me preguntó:
-"¿Qué solución ve usted para esto?"
-"Pues ordenar a los Capitanes Generales de las ocho Re­giones Militares que quiten los cerrojos a los fusiles que están en los Parques y que se depositen aquéllos en un Regimiento de Infantería."
Se abrió una carpeta en la que se guardaron los "cumpli­mentados" de todas las regiones, pero aquí viene lo extraordi­nario: la República creó un Consorcio de Industrias Militares que no dependían del Ministerio de la Guerra y por ello el Co­ronel de la fábrica de fusiles de Trubia no se dio por enterado. Informé de esto al Coronel Aranda y éste me contestó que el citado Coronel, cuando había estallado la revolución en Astu­rias, había abandonado la fábrica y se había refugiado en el Cuartel de infantería de Pelayo dejando abandonado 30.000 fusiles que pasaron a los rebeldes.
El Coronel Aranda hizo una gran labor, pues recogió casi todos los fusiles que habían salido de la fábrica. Se hizo tam­bién un gran número de prisioneros y con ello terminó la rebe­lión de Asturias.
El Ministro Diego Hidalgo se trasladó a Asturias para hacer una inspección acompañado del General Franco y del Secretario del Gabinete político, don Gaspar Morales. Durante su ausencia se hizo cargo de la cartera don Alejandro Lerroux. Pocos días después de reincorporarse a su cargo el señor Hidalgo, se levan­tó en las Cortes el Conde de Rodezno y solicitó al señor Lerroux la presencia de don Diego Hidalgo en el banco azul. El señor Rodezno increpó al Ministro:
-"Señor Ministro, a través de una editorial de Madrid, Ru­sia está introduciendo una gran cantidad de libros de propagan­da comunista. Me aseguran que en esa editorial tiene don Diego Hidalgo participación en el negocio."
Ante una expectación enorme, Hidalgo respondió:
-"Es cierto, pero yo no sabía que mi dinero amparaba esa campaña."
Terminó el debate y al día siguiente el señor Lerroux exigió la dimisión de don Diego Hidalgo y se hizo cargo definitivamen­te de la cartera, a la vez que continuaba con la Presidencia.
Al despedirse, don Diego Hidalgo me habló:
-"Han hecho sobre mí grandes presiones para que le qui­tase a usted el cargo y he respondido que mientras fuese yo Ministro no se lo quitaría porque hay muy pocas personas que reúnan la doble cualidad de ser honradas y leales.
"Yo también le había tomado gran afecto a aquel hombre que con el tiempo, en mis días desgraciados, se portó conmigo de una manera noble y caballerosa, ayudándome en todo lo que pudo.
En cuanto tomó posesión del cargo, Lerroux me dijo:
-«¿Cómo se puede recompensar a los Generales Batet y López Ochoa?"
Le contesté: “«Como la República ha suprimido los em­pleos de Teniente General, no cabe ascenderlos. No queda más recompensa que darles a cada uno la Cruz Laureada. Pero hay que hacer expedientes donde se pueda declarar en pro y en contra y sospecho que van tener muchos votos desfavorables. Sin embargo, me voy a apoyar en un fundamento que tiene ya un precedente histórico. Cuando terminó victoriosamente el desembarco de Alhucemas, el Presidente interino del Gobierno, marqués de Magaz, estudió el reglamento de la Cruz de San Fernando y se encontró con la sorpresa de que tenía que for­marse expediente. Con feliz inspiración, el primer artículo del reglamento se modificó de la forma siguiente: «Cuando se trate de premiar con la Laureada a los Generales en Jefe, únicamente el Rey con su Gobierno podrá apreciar los méritos»."
A don Alejandro le gustó mucho:
-"Hágalo usted."
Así se hizo.
-"Ahora -me dijo después el Ministro- me lo deja a los dos disponibles: primero el premio y luego el castigo, porque no sé si sabrá, mi General, que estos dos señores han estado en correspondencia el uno con la Generalitat y el otro con González Peña, jefe de la rebelión asturiana."
Después de la revolución de Asturias, el General López Ochoa, a quien se había concedido la Laureada, vino a verme. Me anunció mi ayudante su presencia.
-"Dígale que entre inmediatamente."
Franco, que estaba conmigo y que no se llevaba bien con López Ochoa, se escondió.
-"Vengo a verte porque al mismo tiempo que se me ha concedido la Laureada se me ha concedido igualmente la Cruz de San Hermenegildo. Por lo tanto, vengo a que se me den los atrasos" -manifestó López Ochoa.
-"Pues mira -le contesté-, con motivo de la revolución de Asturias y la de Barcelona se me ha acabado el dinero para atenciones del personal. Tendrás que esperar a que me den am­pliación de créditos."
Salió del despacho como una bomba y entonces surgió el General Franco de su escondite y dijo:
-"Si me cuentan esto en un café no me lo creo, que te ene­mistes con este tipo por una cuestión de dinero."
-"Pues es verdad lo que le he dicho, tengo dinero para ali­mentación del personal y para el ganado, pero no en el capítulo de Cruces."
-"Así no te harás muchos amigos" -reflexionó Franco.
Un día me preguntó don Alejandro:
-"¿Qué ha sucedido para que se ocupe Sidi Ifni?"
Le respondí que, ocupando el Ministerio el señor Azaña, me llamó a su despacho:
-"He recibido un telegrama cifrado del Jefe del Gobierno francés, en el que me dice que en nuestro territorio de Sidi Ifni hay bandoleros que dan golpes de mano en territorio francés y se refugian luego en Sidi Ifni. Me dice que si España no ocu­pa aquella plaza la ocuparán ellos. Mi General, esto es grave, si mandamos allí fuerzas y las reciben a tiros, tendré un debate político en la Cámara y caerá el Gobierno. Necesito un hombre que, con habilidad política, ocupe aquel territorio que jamás hemos tomado. ¿Tiene usted ese hombre?
-"Sí, señor: el Coronel Bautista Sánchez González."
-"Ocúpese entonces del asunto."
Por conducto de la Alta Comisaría, me puse al habla con el Coronel, el cual, profundamente agradecido, me manifestó: -"Muchas gracias, mi General, pero dígale al Gobierno que estoy en Ketama, cuyo territorio he pacificado por mi amistad con los Caides, y si me ausento es posible que estalle aquí la rebelión."

lunes, 22 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 24


Al día siguiente y a la hora convenida, todos los designados estábamos presentes. El señor Azaña dijo:­
-"Me siento muy emocionado y no estoy para pronunciar discursos." Acto seguido dio la mano a los tres inspectores y al General Masquelet sin pronunciar una palabra. Al llegar has­ta mí, estrechándome las manos, me dijo:
-"General Castelló, no olvidaré nunca su lealtad." Luego salió del despacho y lo acompañé hasta la puerta del Ministerio. Gil Robles estuvo un mes de ministro; lo reemplazó Martí­nez Barrios. Como siempre que entraba un nuevo ministro, puse el cargo a su disposición.
-"Continúa usted de subsecretario conmigo, General Cas­telló. ¿Recuerda que estando usted destinado en el Regimiento de Soria yo era cabo y me castigó con un mes de arresto en un calabozo?
-"Pues no me acordaba."
-"No le faltaba a usted razón... hubo un mitin republicano en Sevilla y yo asistí a él de uniforme. Me detuvo la guardia Civil y me llevó al cuartel; usted dio parte al Coronel y fui al calabozo."
Martínez Barrios despachaba con mucha soltura, estudiaba los asuntos complicados en su casa y los traía resueltos. Tenía una buena cultura general, aunque no era ni bachiller.
Siendo Ministro de la Guerra Martínez Barrios, se presentó en mi despacho don José María Gil Robles para decirme que había tratado de ver al Ministro y que le habían negado que estuviera en el Ministerio. Como antecedente de esta visita diré que el Director del Tiro Nacional, General Suárez Inclán, había muerto y los socios habían nombrado como sustituto al señor Gil Robles. Me había llamado Martínez Barrios a su despacho y preguntado cómo funcionaba eso; le informé que allí hacían su instrucción preliminar los reclutas que aspiraban a reducir su servicio en filas; se les proporcionaban fusiles y municiones a precios reducidos. Me ordenó el Ministro que inmediatamente se recogieran los fusiles y municiones.
-"No quiero que el Tiro Nacional sirva para instruir adep­tos políticos. Esta medida que adopto la tomaría igual si hubie­se sido nombrado presidente del Tiro el señor Largo Caballero." Un día se me presentó en el despacho el Coronel don Fran­cisco Borbón, quien me comentó que, a pesar de estar amnis­tiado por los sucesos del 10 de agosto, a él no se le daba mando y a sus hijos les gritaban en el colegio: "¡Fuera Borbones!"
El Ministro consultó conmigo:
-"¿Y qué se puede hacer?"
-"Se le podría dar una comisión del Servicio en París hasta que los ánimos se fuesen calmando" -respondí.
-"Hágalo usted" -me ordenó.
Se produjo una crisis gubernamental y pasó a Gobernación. Mientras detentaba este cargo sucedió un acontecimiento im­portante: estando Lerroux enfermo y guardando cama se le presentaron Azaña y Martínez Barrios en su casa para manifes­tarle que se habían puesto de acuerdo en formar un bloque po­lítico. Martínez Barrios se separaba así de Lerroux y se llevaba cuarenta diputados. Al jefe del partido radical le produjo gran amargura esta decisión.
-"Yo lo he sacado de la nada y lo he preparado para que me sucediese a tiempo en el partido radical, pero no ha tenido paciencia para esperar y me ha dado esta puñalada por la es­palda. Esto no es de extrañar, para ser agradecido hay que ser bien nacido y él no lo es" -solía decir Lerroux con tristeza. El Presidente de la República, enterado de la escisión del partido radical y que como consecuencia de ello le faltaban votos para gobernar, le entregó el poder a Martínez Barrios que con sus diputados, los de Azaña, los socialistas y la Ezque­rra, convocó nuevas elecciones que fueron muy reñidas y que finalmente perdió. Salieron dos grupos de diputados: los radi­cales y la CEDA. Con este Gobierno asumió el Ministerio de la Guerra el señor Iranzo. Era médico y abogado. De él decían los médicos que era un buen abogado y los abogados que era un buen médico. Durante su breve estancia en el Ministerio se produjo una vacante de General de División y me preguntó cómo se cubría. Le expliqué que con los que estuvieran aptos para el ascenso en el primer tercio de la escala. Me pidió la lista, se la entregué y la llevó al Consejo de Ministros. Al regre­sar me dijo:
-"Ascienda usted al número treinta, el señor Molero." Era el último de la escala.
Gran revuelo motivó este ascenso; mi despacho se llenó de los generales que habían sido salteados, entre ellos Franco, Mola y Fanjul. Luego de hacer averiguaciones nos enteramos de que el ascenso lo habían apoyado Martínez Barrios e Iranzo, ambos masones. Molero también lo era.
Después de la reorganización del Ejército, el General Franco quedó como número uno de los Generales de Brigada. La pri­mera vacante que se produjo de General de División la cubrió el Ministro Iranzo con el General Molero, que era el número veinte de la escala. La segunda vacante la cubrió el Ministro Martínez Barrios con el General Franco. Cuando más adelante Franco vino de Baleares convocado por el Ministro Diego Hi­dalgo Durán, era ya General de División.
Perdidas las elecciones por el Gobierno, el Presidente, señor Alcalá Zamora, formó nuevo Gobierno con Lerroux. Asumió el Ministerio de la Guerra el señor Diego Hidalgo Durán. No era Diego Hidalgo muy conocido en el ámbito militar; sólo sabía­mos de él que había escrito un libro titulado «Un notario es­pañol en Rusia». Al entrar tuvo la debilidad de recibir a los periodistas y cuando éstos le preguntaron qué planes traía, res­pondió:
-"Yo soy otro Lord Haldane, que, como sabrán ustedes, fue el primer Ministro de la Guerra que tuvo el Rey Eduar­do VII cuando empezó a reinar, y como él os digo que soy una doncella que acaba de desposarse con el dios Marte y que, por tanto, no se espere fruto de esta unión hasta pasados nueve meses."
Por lo visto los periodistas reprodujeron los comentarios en grandes titulares... Yo creía que estas cosas sólo se podían decir en Inglaterra, donde tienen un sentido del humor menos mordaz que en España, pues había leído en una biografía de Eduardo VII que cuando se lo contaron el rey se rió con ganas. Así llegamos a octubre de 1934. Lerroux, en su afán por tener más base para gobernar, le pidió su concurso a la CEDA; ésta nombró dos ministros y, al saberse, el diario «El Socialista» lanzó una consigna que decía: «Ahora que cada cual cumpla con su deber», y estalló la huelga general en toda España y con carácter violento en Asturias. El Gobierno tomó la decisión de abortarla y, para ello, se fundó en los artículos 17, 48 y 45 de la Ley de Orden Público del año 1933.
Posteriormente, cuando Gil Robles asumió el Ministerio de la Guerra, nombró Jefe de E.M. al General Franco y adjunto al General Mola, situación que en su momento me había traído a la memoria un juicio que este último había hecho sobre Fran­co. En cierta ocasión me había preguntado:
-"¿Tú has tratado a Franco? Es un hombre muy callado, sabe oír sin interrumpir. Cuando terminábamos las batallas ju­gábamos a las cartas, bebíamos o nos íbamos de diversión; él jamás nos acompañaba. No es efusivo en sus gestos amistosos. Estarás tratándolo diez años y no sabrás si es amigo tuyo."
Cuando, a fines de octubre, comenzó la movilización de las unidades, se enviaron fuerzas a Barcelona, así como a Asturias. El Ministro se trajo a sus órdenes al General Franco y dio el mando de las tropas de Asturias al General López Ochoa.
El General Batet, el día 5 de octubre, me dijo:
-"Castelló, dígale al Ministro que en Las Ramblas se entre­ga armas a todo el que las requiera y se canta 'Els segadors'; esto está muy mal" -y cortó la comunicación.
Informé a la presidencia, pero no creyeron necesario decla­rar el Estado de Guerra. Fueron llegando noticias de alzamien­tos en otros puntos de España. En Madrid se tiraba desde las azoteas sobre las fuerzas de orden público. Hice una nueva pe­tición al Ministro para que declarara el Estado de Guerra; por fin, a las nueve de la noche accedió. Ordenó que una Compañía del Cuartel de la Montaña fuese a poner el bando en el Minis­terio de Gobernación; en cuanto salió del Cuartel la recibieron a tiros y tuvieron que refugiarse en él. Entonces, por primera vez en la historia, el bando se trasmitió por radio para toda España. Hasta ese momento llevé yo el peso de las órdenes con el Teniente Coronel Ungría y mi ayudante Castejón. Decla­rado el Estado de Guerra, se encargó al Estado Mayor Central dirigir las operaciones. A las seis de la mañana del día 6 me avisaron desde Barcelona que se había rendido la Generalitat y que todos sus ministros estaban presos.

sábado, 20 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 23


El Ministro me miraba de hito en hito; finalmente me dijo:
-"General Castelló, lo felicito" -y añadió:
-"No debemos hacer responsables a nuestras mujeres de los delitos que no­sotros cometemos. Déle usted a esa señora las pensiones de las dos Cruces de San Fernando que tiene su marido y déle los atrasos desde el tiempo que ha dejado de percibirlos."
Cuando llegó el expediente a las secciones del Ministerio quedaron todos asombrados; pensaban que ese día sería mi cese como Subsecretario.
Otro tema por resolver fue la combinación de mandos de coroneles en la que figuraban destinos vacantes. El mando de Regimiento en Barcelona era solicitado por el Coronel Cebrián. El Ministro me preguntó:
-"¿Quién es este señor?"
Le contesté:
-"Tiene un ascenso por Mérito de Guerra, ha sido cuatro años profesor de la Academia de Infantería y cuatro años ayudante del ex Rey."
Quedó suspenso y señaló:
-"Así me tiene usted que informar. Déle usted el mando de ese regimiento a ese coronel monárquico, vamos a ver cómo se porta."
Cebrián fue el primero que se sublevó en Barcelona contra la República.
En los despachos diarios yo estudiaba al Ministro y lo en­contraba frío, hosco. Me quejé a Saravia de esta frialdad y de que nunca me había dicho "esto está bien".
-"¿Le ha dicho a usted alguna vez que está mal? Pues en­tonces es que está contento" -replicó Saravia.
A última hora me hablaba ya con confianza y me dijo una vez:
-"Tengo la desgracia de ser soberbio; he sido educado en un convento de frailes y, sin embargo, soy un escéptico en re­ligión."
Y yo me preguntaba si este hombre, que procedía del grupo político de Melquíades Álvarez, que no había logrado ser Dipu­tado hasta la República no se sentiría vejado por haber pasado parte de su vida en el Registro de últimas voluntades de la Gobernación.
En el Arma de Artillería existía la costumbre de conceder un premio que se llamaba "Daoiz y Velarde" al artillero que se hubiese distinguido durante el año. En 1932 numerosos jefes y oficiales concurrieron a solicitarlo. El Ministro, profundamen­te emocionado, expresó:
-"Felicito al Arma de Artillería por la cantidad de perso­nas que solicitan el premio. Esto demuestra los grandes méritos contraídos a favor de España."
Y yo me preguntaba si estos méritos se referían acaso al apoyo prestado por los artilleros en el levantamiento en armas contra el General Primo de Rivera, que coadyuvó al derrumba­miento de la Monarquía.
Las Cortes constituyentes tocaban a su fin; el Presidente de la República, don Niceto Alcalá Zamora, nombró Jefe de Gobierno a don Alejandro Lerroux y éste designó, por su parte, como Ministro de la Guerra al señor Rochas.
Aquella noche me llamó Azaña a su despacho:
-"Mañana -me dijo- vendrá el nuevo Ministro y como ésta es la primera crisis que se produce dentro de la República quiero romper con la costumbre de la Monarquía en que venían a este acto comisiones de todos los Cuerpos. Mañana, por con­siguiente, no asistirán más que los Inspectores del Ejército, el Jefe de E.M. central y usted."
Por mi parte, le informé:
-"Señor Ministro, a consecuencia de la reorganización que hizo usted del Ejército, se disolvieron muchos Cuerpos armados y han quedado en la caja del Minis­terio diez millones de pesetas. Es demasiado dinero para que yo responda de él; propongo que me dé usted una orden para ingresarlo en el Tribunal de Cuentas." Y así se hizo.

jueves, 18 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 22

Luis Castelló en Alcazarquivir (Marruecos) en 1928 con sus hijas María Luisa -a la izquierda en la foto-y Dolores Ana. Fotografía cedida por Isabel Krsnik Castelló.

En la Cárcel Modelo estaban Alcalá Zamora y otros políti­cos, quienes constituyeron un gobierno provisional.
La primera bandera de la República apareció en el Palacio de Comunicaciones; luego se vieron millares de ellas en todos los balcones. La muchedumbre se dirigió a Palacio, pero se le adelantó un grupo de jóvenes de la Milicia Republicana que, cogidos de las manos y dando la espalda al Palacio, constituye­ron una barrera para que nadie osara molestar a la Reina y a sus hijos.
Aquella noche parto para Ceuta, donde ostento el cargo de Comandante Militar y Delegado del Gobernador General de Cádiz, más Presidente de la Junta de Obras del Puerto. En mi breve ausencia aquello había cambiado mucho. Mi cargo de Delegado del Gobernador Civil había pasado a un oficial de telégrafos.
En Tetuán, el Alto Comisario, General Jordana, se negó a izar la bandera de la República por no tener noticias oficiales del cambio de régimen. Le dieron dos horas de plazo para en­terarse; cuando el plazo expiró, la multitud encontró la puerta cerrada, trató de abrirla y entonces la guardia mora, por orden del Coronel Capaz, la recibió a tiros. Entró por la fuerza y arrastró al Coronel Capaz. Se buscó al General Jordana, mas éste, amparado por el Coronel Martínez Monje, se escapó en un coche y logró llegar a Gibraltar.
La disciplina se había relajado. Una bandera del tercio se insubordinó en el Zoco de Arba. Me llamó el General Sausa y ambos convinimos aquella noche que tres tambores de regula­res rodeasen el Zoco para hacer prisioneros a los insurgentes. Estos, desarmados, fueron conducidos a Ceuta donde se los licenció.
Marché a Madrid a reanudar el Curso de Coroneles. Allí me enteré de la toma de posesión del nuevo Ministro de la Guerra, señor Azaña, quien se llevó de asesor a Saravia. Según me dije­ron, establecieron un gabinete negro que informaba sobre las personas. La primera disposición fue publicar el Decreto sobre Retiro por el cual se otorgaba el sueldo completo a los que lo solicitasen, cualquiera fuesen sus años de servicio. Tuvo un gran éxito: se produjeron muchas vacantes y se redujeron las plantillas, pues de dieciséis divisiones quedaron ocho.
Al poco tiempo de ser proclamada la República me ascen­dieron a General. Juré la nueva bandera como militar apolítico que era, que debe, ante todo, lealtad a su Patria.»
Mi padre, al tener noticia de su próximo ascenso, le propuso la ayudantía a Castejón. Este, según me contó, puso sus condi­ciones, pues no estaba dispuesto a marcharse a cualquier sitio.
-«Puede que solicite Alicante» -le informó mi padre.
-«Entonces sí me voy con usted.»
Habían terminado los años de África. Allí había hecho prác­ticamente su carrera: allí obtuvo los ascensos a Comandante y a Coronel por méritos de guerra; allí ganó sus Cruces Rojas del Mérito en Campaña y la Legión de Honor que obtuvo comba­tiendo junto a los franceses contra Abd-el-Krim. Una de las medallas, la María Cristina, le fue regalada por su regimiento. Pensaban obsequiársela de platino y brillantes, pero mi padre, que era la austeridad y la integridad personificada, se negó a ello; sólo aceptó una condecoración corriente de metal blanco. Lo homenajearon con una comida.
Y así cerramos un capítulo de nuestras vidas... Embarcamos los cuatro, mi padre, con sus cruces bien ganadas, mi madre y nosotras dos con un mono y un osa de tamaño natural, regalos del regimiento.
Tras las aguas tumultuosas del Estrecho se quedó Marruecos. Mis padres no lo volverían a ver. Mis recuerdos son im­precisos y, sin embarga, una vez un marroquí me enseñó unas postales de Larache y yo reconocí la Plaza de España con sus soportales.

------- V -------


«Durante la guerra civil, en las guerras de Cuba y Filipinas, en la de Marruecos, desde 1900, se aplicaron distintas modali­dades en los ascensos según los criterios de los Ministros.
Un día trajeron a mi despacho un expediente y vi que decía que para ascender por méritos de guerra se necesitaba citarlos en la Orden General del Ejército, abrir un expediente en el cual el Juez admitiese declaraciones en pro y en contra, cerrarlo con su parecer y remitirlo al Consejo Supremo de Guerra y Marina, el que, después de estudiarlo, lo entregaría al Ministro para que, a su vez, en forma de Proyecto de Ley lo enviase a las Cortes.
Hice el siguiente resumen al Ministro: «Que el Dictador Pri­mo de Rivera, no teniendo Cortes, los aprobó por Decreto. Es la única mácula que tienen los expedientes que están termina­dos. Propongo a Vuestra Excelencia que se envíen aquéllos al Consejo de Estado y que éste dictamine si es procedente enviar­lo a las Cortes de la República."
El Ministro se quedó suspenso y luego manifestó: "Con­forme."
Así se hizo. Cuando se supo en el Ministerio la resolución se produjo un gran revuelo, pues había muchas ideas encon­tradas.
Un día recibí una instancia de la señora del General San­jurjo, que estaba preso en el Dueso. Ella expuso que, como su marido había sido privado de la carrera y de los emolumentos, su familia vivía de los subsidios de los amigos de su marido.
Me dirigí al señor Ministro: "He estudiado este asunto y he consultado con las diversas secciones del Ministerio que, casi por unanimidad, conceptúan esta instancia de asunto político. En el Anuario Militar figura un paisano en la relación de jefes y oficiales laureados. Se llama Luis García Rodríguez. Este ofi­cial se distinguió notablemente en Ceuta y en Tetuán, por lo que el General Primo de Rivera lo ascendió a Comandante y le dio la Laureada de San Fernando, mas sus compañeros le formaron Tribunal de Honor porque había realizado las opera­ciones militares con un escuadrón de cincuenta caballos en lugar de cien y cobraba su sueldo del Estado. Sin embargo, en la sentencia no se le privó de la Laureada. Este, señor Minis­tro, es un antecedente, pues entiendo que un oficial expulsado del Ejército por un Tribunal de Honor ha cometido un delito para ellos de mayor importancia que la sublevación del Gene­ral Sanjurjo, que fue un delito político."

martes, 16 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 21


El Dictador planeó un desembarco en Alhucemas para aca­bar con la rebelión. De acuerdo con el Mariscal francés Petain, ambos convinieron una acción conjunta en Marruecos. El man­do francés opuso algunos reparos, pero finalmente se impuso el criterio de Primo de Rivera y la operación tuvo un resul­tado feliz. Se capturó a Abd-el-Krim, quien fue enviado a Mada­gascar.
Firmada la paz en Marruecos, impuesto el orden en el inte­rior, parecía que era el momento de abandonar el poder. Pero para los dictadores ese momento no parece llegar nunca. Primo de Rivera fundó la Unión Patriótica, compuesta de políticos fracasados, y creó una Asamblea Nacional; formó un gobierno de políticos de segunda fila ya en el plano civil. Consiguió anu­lar los partidos políticos monárquicos que habían perdido adep­tos, mas nadie vio que con ello los partidos de izquierdas fueron consiguiendo más prosélitos. La agitación política llegó hasta Marruecos y un día memorable el General Mola, jefe del te­rritorio de Larache, nos citó en la Comandancia de Artillería y con voz grave nos preguntó si el Dictador nos merecía con­fianza para seguir gobernando. La respuesta fue: "Terminadas las causas que motivaron la intervención armada en el Gobier­no de la Nación, y habida cuenta de que se había dado fin a la guerra de manera airosa, procedía liquidar la dictadura."
El Rey llamó al Dictador:
-"Creo, Miguel, que ha llegado el momento de dimitir" -y presentándole al General Berenguer le dijo:
-"Este es tu sucesor".»
Más adelante añade:
«Investido de los poderes, el General Berenguer forma un gobierno en el que él es Presidente; el General Marzo, Ministro de la Guerra, y el General Mola, Director General de Seguridad. La opinión pública, que ha estado siete años callada, va a ma­nifestarse. El primer incidente tuvo lugar en el Hospital de San Carlos donde los alumnos hicieron fuego contra la Guardia Civil. Poco después se manifiestan de manera violenta los so­cios del Ateneo; otro día, sobre Madrid, vuelan aviones en los que Queipo de Llano y Ramón Franco tiran octavillas tratando de sublevar a los descontentos. Fracasa la idea y ambos vuelan a Portugal. De acuerdo con ellos, el político Casares Quiroga, allá en Jaca, ha conseguido que varios jefes y oficiales, entre ellos los capitanes Galán y García Hernández se subleven. Salen fuerzas de Zaragoza, vencen a los revoltosos y ambos capitanes son aprehendidas, juzgados y fusilados. España está pasando días de inquietud. El General Berenguer no goza del prestigio de Primo de Rivera. Es el hombre de Annual. Pese a su caba­llerosidad, para los africanistas es un gafe.
El Rey, tal vez tratando de encauzar la situación, entregó el poder al Almirante Aznar, el cual formó gobierno con Beren­guer en el Ministerio de Guerra y el Marqués de Hoyos, Te­niente Coronel de Estado Mayor en la Gobernación. Con el propósito de restablecer la Constitución, convocó a elecciones municipales para luego ir a las de Diputados. Nadie menos indicado que el Marqués de Hoyos para un asunto de esta en­vergadura, que necesitaba un político experimentado. Yo esta­ba en Madrid en el curso de coroneles. Los votantes acudieron tranquilos a las urnas; por la tarde, como un rayo, circuló la noticia por Madrid: había triunfado la República en las cuaren­ta y nueve capitales de provincia. Por la mañana, en la Puerta del Sol se gritaba: "¡Viva la República!"
Por la tarde, cuando asistimos a la conferencia en el Museo y Biblioteca de Ingenieros, el Capitán General de Madrid nos dijo:
-"Señores coroneles, en las capitales de provincia ha triun­fado la República; el gobierno ha ordenado al General Sanjurjo, Director de la Guardia Civil, que pregunte a los coroneles de los tercios, si aceptan este triunfo; de lo contrario se decla­rará el Estado de Guerra cuyo bando tengo ya redactado. Se­ñores coroneles, el curso ha terminado, cada cual marche a su destino."
A la mañana siguiente se supo que la Guardia Civil había aceptado el voto popular, que el Rey había desoído a los parti­darios de resistir, abandonando el poder y marchado a Carta­gena acompañado del Almirante Miranda. Su esposa e hijos ha­bían quedado en Palacio. Había caído la Monarquía.

domingo, 14 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 20


Por lo visto, debido a la amistad que tenía con mi padre, Mola no se ofendió ante estas palabras. El había vivido un caso parecido. Se trataba también de un desfalco. El culpable no era el Jefe de Campamento, del que todos conocían su honradez, pero tuvo que responsabilizarse de él. Mola lo amonestó con estas palabras:
-«¿De qué le sirve a usted tener la cabeza llena de canas? Yo, cuando he tenido a mi cargo una caja, he hecho que fuera metálica, estuviera cerrada con cerrojo y atada con una cadena a la pata de una mesa, también metálica, incrustada en el sue­lo... Delante de la puerta del despacho tenía a un centinela con fusil y bayoneta calada y el dinero lo llevaba en un sobre co­gido con un imperdible al forro de mi guerrera.»
Por eso, cuando haciéndome eco de los rumores que corrie­ron sobre la muerte del General Mola, que muchos creían de­berse a un atentado, mi padre comentó:
-«No sé qué decirte, conociendo a Mola y lo receloso que era, cuesta trabajo pensar que fuera víctima de un atentado.»
Mi padre y él tuvieron una buena amistad, la cual se rompió por un malentendido que no llegaron a aclarar. Estando en la antesala de su despacho del Ministerio de la Guerra, en Madrid, habló mi padre de las características de su carácter, refiriendo algunas anécdotas. Su interlocutor y él no estaban solos; al­guien, mal intencionado, escuchó la conversación y le contó a Mola que Castelló había hablado mal de él.
De la Dictadura de Primo de Rivera ni me enteré, dada mi corta edad, pero sobre ella conservo algunas páginas escritas por mi padre:
-«Aquella campaña de Marruecos amenazaba eternizarse. Los gobiernos escatimaban recursos y no se atrevían a ordenar un esfuerzo definitivo. Además, parte de la opinión pública achacaba a los militares el desastre de Annual. Se determinó dejar de lado a los políticos de turno e implantar una Dic­tadura.
Desde Barcelona y Zaragoza los Generales Primo de Rivera y Sanjurjo mandaron emisarios a Madrid y a las provincias exponiendo el plan.
Mandaba el Regimiento de León el Coronel Zubillaga, hom­bre caballeroso pero incapaz de reunir a la oficialidad para mo­tivos tan arduos, y el General Saro me designó para este come­tido. Los reuní en el Cuarto de las Banderas y les expuse la idea de un pronunciamiento asegurándoles que quienes se abs­tuviesen no serían molestados. Todos dieron su venia y yo co­muniqué al General Saro el resultado. Este fue comunicado, a su vez, a Primo de Rivera y a Sanjurjo.
Primo de Rivera se sublevó y, después de algunas dificulta­des, se hizo cargo del poder con un Directorio de Generales de todas las Armas. Disolvió las Cámaras y comenzó su gobierno. Prometió terminar con la guerra de Marruecos. Los propios enemigos del dictador no le encontrarían mácula en cuanto a caballerosidad, honradez y competencia.
El primer error que cometió fue disponer que el Arma de Caballería, tradicionalmente de escala cerrada, admitiese los empleos por méritos de guerra. No hay que olvidar que Artille­ría e Ingenieros tenían jurada la escala cerrada. Don Miguel Primo de Rivera, quizá mal aconsejado, tuvo el valor de acome­ter la difícil empresa de modificar el sistema. El prólogo del Decreto empezaba así: «No sin grave preocupación tiene el Ministro que suscribe el honor de proponer a Vuestra Majestad la disolución del Cuerpo de Artillería». Todos los Cuerpos de Artillería se levantaron como un solo hombre. El primer regi­miento que se sublevó fue el de Ciudad Real; se enviaron tro­pas contra ellos y- se rindieron. Hubo consejos de guerra y duras sanciones, mas la lucha siguió. El Dictador relevó a la tropa de la obligación de obedecer a los rebeldes. Medida gra­vísima; se decía por Madrid que los jefes y oficiales del Arma proponían que fueran a Palacio dos íntimos del Rey: Sarabia y el Marqués de Someruelos. Estos informaron al Monarca que se hablaba de disolver el Arma. El Rey les prometió que no fir­maría el Decreto. Volvieron rápidamente a los cuarteles donde se gritó: "¡Viva el Rey!" y "¡Abajo el Dictador!" Poco después el Decreto apareció firmado. Fueron sustituidos por jefes y ofi­ciales de otras Armas; muchos permanecerían interiormente monárquicos, pero otros se pasaron a los enemigos del régimen. Esta intromisión en la política acarreó graves males, pues su ejemplo cundió e indeseables de todas las Armas se convirtie­ron en agitadores.

viernes, 12 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 19


----- IV -------

En la guerra de Marruecos mi padre se destacó por su va­lentía, aunque obraba con cautela. En los cargos que ocupó fue de una honradez e integridad absolutas. Tentativas de soborno tuvo muchas, pero todas fueron rechazadas. Con sus subalter­nos era justo y humano. Tenía, eso sí, el genio vivo y fuerte del militar, pero bastaba conocerlo para saber que sus enfados le pasaban pronto.
Uno de sus ayudantes de Marruecos, según relataba riéndo­se, cuando tenía que tratar con mi padre algún asunto, tras pre­guntar:
-«¿Se puede?», se asomaba a su despacho y enseguida decía: «hasta luego, mi coronel» para regresar al cabo de media hora. Y nuevamente:
-«¿Se puede»?.
-«Sí -respondía mi padre­ y antes también se podía.»
-«No, antes con la cara que usted tenía, no.»
Su tremendo sentido del humor le hacía gastar bromas, a veces un tanto pesadas, a sus subalternos. Este hecho se lo oí narrar a uno de los protagonistas: estaba mi padre en Larache, el lugar más caluroso de Marruecos. Allí las golondrinas que hacían sus nidos en los aleros caían sofocadas, ahogadas por el calor. En su despacho, con ventiladores, persianas de bam­bú regadas con agua, mi padre conseguía una temperatura «fresquita» de más de treinta grados. Las noches, en cambio, eran frías. Lyautey decía que África era un continente frío en el que calentaba mucho el sol. Mi padre llamaba diariamente a Alcazarquivir para informarse de la temperatura que allí ha­cía. La respuesta fue, durante algún tiempo, «para lo que suele ser esto, soportable». Un día en que le respondieron «hoy es inaguantable», se dirigió muy serio a sus dos oficiales: -«Te­nemos que ir a Alcazarquivir. Lo he estado demorando a causa del calor... pero ya no podemos esperar más.» Pensaban los ofi­ciales que la salida sería a media tarde, pero mi padre decidió que saldrían una vez terminada la comida, debido a las numerosas­ gestiones que tenían que hacer.
Cogieron un Ford con techo de lona y se dirigieron a Alcazarquivir. Visitaron uno o varios campamentos. -«Y en uno de ellos, en pleno descampa­do, se paró tu padre... En mi vida he pasado más calor, bien es verdad que tu padre agachaba la cabeza y de la calva le caían goterones de sudor... Así nos tuvo toda la tarde de un lado para otro... y nosotros nos preguntábamos que para qué nos habría hecho hacer el viaje, pues nada de lo que estábamos ha­ciendo parecía muy urgente, ni siquiera necesario. Al terminar la tarde nos invitó a tomar un refresco y entonces, con aire burlón, nos dijo: -«¿A que no sabéis para qué os he traído? Para que sepáis cómo es un día de calor en Alcazarquivir.»
-«En los primeros tiempos de la República se organizó un desfile en honor del Alto Comisario. El Comandante manifestó sus dudas sobre los gritos que habrían de pronunciar los ofi­ciales y la tropa al pasar ante la tribuna presidencial. Antes, en tiempos de la monarquía, el oficial gritaba « ¡ Viva el...! » y la tropa contestaba « ¡ Rey ! ». Nada más sencillo, al parecer, que sustituir estos gritos por un « ¡ Viva la República ! » al que con­testaría la tropa « ¡ Viva !». Pero al Comandante no se le ocu­rrió y creyó de buena fe lo que le dijo el teniente:
-«Pues en esta ocasión, como el que viene es el Alto Co­misario, el jefe tiene que gritar «¡Viva el altoco...!» y la tropa contestar « ¡Misario! ».
Así se ensayó el desfile hasta que alguien le hizo notar al Comandante lo disparatado de los gritos. Fue éste con sus quejas a mi padre:
-«No puede ser, cada día el teniente me gasta una broma, como lo del altoco...misario.»
-«Me salvó la carcajada de tu padre» -me decía el oficial.
Reveladoras del carácter de mi padre y del General Mola son estas otras anécdotas, una de ellas es sobre Mola y la otra sobre Castejón. Creo que entonces Mola era General, el Jefe de Zona, mi padre el Gobernador Militar de Larache y Yagüe Teniente Coronel. Mola fue a pasar una visita de inspección a un campamento a cuyo mando estaba Castejón y descubrió que había un desfalco en la caja. La cantidad era pequeña, Castejón respondió de los oficiales y repuso la cantidad de su bolsillo. Yagüe, indeciso sobre la actitud que debía tomar, consultó el caso con mi padre, quien le aconsejó:
-«No dé usted parte de lo sucedido a Mola, pues ya conoce su carácter inflexible; se empeñará en poner un duro castigo a los oficiales.»
Se conoce que estas razones no convencieron a Yagüe, pues hizo lo contrario. Mola llamó a mi padre; la esperaba en su despacho. En privado se tuteaban; en público, no. Mola pensa­ba, no sin razón, que el tuteo relajaba la disciplina. Estaba ner­viosísimo, paseando de un lado a otro de la habitación.
-«No puede ser... así no se puede mandar... Tú eres una hermana de la caridad vestida de uniforme.»
-«¿Se puede saber adónde quieres ir a parar?»
-«Pues a esto: en un acto de servicio te has metido a acon­sejar a Yagüe que no me diese parte.»
-«Vaya... ya te vino con el cuento. Has de saber que fue un consejo personal; él se limitó a contarme lo sucedido y yo le aconsejé lo que mejor me parecía.»
-«Pues no es justo que esos oficiales se queden sin castigo.» -«Bien, si te empeñas en castigarlos, los envías un mes arrestados a un castillo y pones en su hoja de servicio que son poco escrupulosos en la administración. ¡Ya está bien como castigo! Pero al menos no les formas Tribunal de Honor y les quitas la carrera.»
-«Bien... por una vez, y sin que esto sirva de precedente, se hará como tú digas.»
Al salir del despacho encontró mi padre a Castejón: -«No sé qué querrá el General.»
-«Pues se trata del asunto del desfalco de la caja.»
Prevenido pues, Castejón entró muy sereno a enfrentarse con su superior. Este lo recibió enfadadísimo y le repitió lo que le había dicho a mi padre. Castejón, sin inmutarse, se limitó a decir:
-«¿Sabe usted lo que le digo, mi general? Que si no fuese por el Coronel Castelló, entre el genio que tiene usted y el que tiene el Teniente Coronel Yagüe, aquí no habría quién viviese.»

miércoles, 10 de noviembre de 2010

ESTADÍSTICAS DE VISITAS AL BLOG DE BENALIXA


Como dato curioso, les ofrecemos las estadísticas de visitas al blog de Benalixa, con indicación de la procedencia de las mismas, al día de hoy:

España............... 27.625 visitas
Estados Unidos... 1.007
México............... 650
Alemania........... 325
Perú................... 322
Argentina............ 310
Colombia............. 298
Chile................... 272
Rusia.................. 271
Canadá .............. 220
Varios................. 195

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 18


Tenía mi padre por aquel entonces un ayudante bastante bruto. En el frente de batalla probablemente se portaba con valentía, pero en la post-guerra no era más que un zoquete sin cultura. Algunos jefes propusieron que se dictaran conferencias para elevar el nivel de la tropa. Alguien comentó que el ayu­dante de Castelló debía estar preparando algo muy serio, pues se había comprado un globo terráqueo y se pasaba las horas muertas en su despacho. Uno de los oficiales descubrió la clave del misterio al entrar y descubrir que estaba meditabundo ante el globo.
-«Ya me lo explico. No sé cómo no han caído antes en ello.» -«¿Y qué es lo que se explica usted?»
-«Pues sencillamente por qué se pierden tantos aviones.»
Tomó en sus dedos un papelito e hizo con él una especie de pajarita.
-«Mire, éste es un avión... se cae... bueno... éste ha caído en Groenlandia. Pero usted comprenderá que el que cae por debajo del Ecuador se pierde... »
Tuvo una muerte digna de él. Fue levemente herido en una pierna en la toma de Bilbao.
-«Esto no es nada, no hace falta que me vea el médico. Me lo curo yo mismo» -decía. Y se vendó la herida con el pa­ñuelo lleno de mocos y otros trapos nada limpios, razón por la que le sobrevino la gangrena y murió.
Este soldado se preciaba, y por lo visto con razón, de ser un buen cazador. Nadie podía disputarle su presa. A veces solía ocurrir que dos balas hirieran a la misma perdiz. «La maté yo» -decía en tales casos. Mi padre no discutía jamás con él. Ter­minada la cacería, al regresar a la ciudad pasaban por casa y, con un ademán lleno de generosidad, le decía a mi madre:
-«Tenga, señora, gracias a mí come usted perdices, porque la que es este marido de usted no le da a un cerro.»
Cierto día proyectaron una peligrosa cacería de jabalíes. Sa­lieron al amanecer; el cielo estaba cubierto de gruesos y oscuros nubarrones que anunciaban tormenta. Mi padre advirtió sobre ella, pero su ayudante insistió:
-«El aire llevará los nubarrones hacia otro lado.»
-«Mire usted que el aire sopla precisamente en nuestra dirección.»
Discutieron un momento pero, finalmente, prevaleció el cri­terio de su ayudante. Emprendieron la marcha y estaban ya en pleno descampado cuando empezó a llover como llueve en Ma­rruecos, de costado y con granizo. Las caballerías, agazapadas unas contra otras, se negaban a avanzar. El intérprete dijo entonces:
-«He oído cantar un gallo. Debe haber un aduar aquí cerca.»
Partió en su busca y poco después regresó con la grata noticia de que, en efecto, lo había y que su jefe les ofrecía hospitalidad. Se trataba de una modesta casa de muros de adobe y piso de tierra. Las mujeres y los hijos fueron enviados a otro lugar. Ya tenían a medio preparar una gallina, el té de rigor y unos dulces. Cuando amainó la tormenta le pidió mi padre al intér­prete:
-«Dile a este hombre que hemos venido a divertirnos, que la lluvia nos ha obligado a refugiarnos en su casa ocasionán­dole molestias y gastos. Pregúntale, pues, cuánto le debemos.»
El intérprete tradujo y el jefe se mostró muy airado.
-«¿Qué te dice? -inquirió mi padre.
El intérprete no quería traducir...
-« ¡ Dímelo ! » -pidió mi padre.
-«Dice que cuando vine a su casa le pedí hospitalidad en nombre de unos cristianos y que la hospitalidad no la cobra ningún musulmán.»
-«Si nos ocurre esto en un pueblo español -reflexionaba mi padre- las gallinas nos las cobran como pavos.»
La hospitalidad era sagrada aún en caso de guerra; un mi­litar, soldado u oficial, podía solicitarla a sabiendas de que no le sería negada, aunque sólo gozaba de inmunidad durante vein­ticuatro horas.
Al ser destinado mi padre a la Península, Melali quiso darle una comida de despedida:
-.«Dime cuántos vamos a ser» -preguntó a mi padre.
-«¿Cómo cuántos vamos a ser?, ¿no eres tú el que invitas?»
-«Precisamente por eso tú te traes a tus amigos, pues no quiero que en mi casa te encuentres a alguien que te des­agrade... »
En España decimos que el hábito no hace al monje. Los musulmanes consideran que por lo menos el hábito ayuda, pues para ellos las apariencias tienen mucha importancia. Cuando Alfonso XII viajó a Marruecos para firmar la paz llevó una es­colta de caballería acorazada. Así, al verlo con uniforme de gran gala, escoltado por aquellas tropas empenachadas y a ca­ballo, los moros tuvieron una imagen grandiosa del Rey y de la nación que los había vencido.
Siendo ya mi padre anciano, le pregunté:
-«¿Te gustaría volver a Marruecos?»
-«No lo sé... después de los cargos que he ocupado y co­nociendo la mentalidad de aquella gente, sé que me pregunta­rían si estaba retirado, y yo no sabría cómo explicarles... »

lunes, 8 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 17


El tío Pepe se disfrazaba de moro y, con su nariz aguileña, su tez cetrina, su faz enjuta, hablando a la perfección el árabe -tanto el académico como el popular-, conociendo bien las costumbres moras, sentándose con las piernas cruzadas sobre el suelo y bebiéndose sus diez tazas de té seguidas, pasaba per­fectamente por uno de ellos y así podía infiltrarse y hacer es­pionaje en las cábilas. De esta manera obtenía información con­fidencial y preparaba el avance de nuestras tropas.
En Marruecos lo sorprendió la guerra civil. Permaneció al lado del Gobierno de la República; fue encarcelado en el Fuerte Hacho, donde pasó cinco años. Luego su juicio fue revisado y salió con un indulto.
Contaba su mujer que era tal el prestigio que en todo nues­tro Protectorado tenía su marido que cuando iba a verla le bastaba con decir a cualquier conductor de autobús que era la mujer del Comandante Castelló para que aquél se pusiese a su disposición en todo lo que ella necesitara.
Con gran estoicismo llevó el primo de mi padre su encarce­lamiento y jamás dejó que su ánimo decayese. Para llenar las largas horas de reclusión aprendió a repujar el cuero y a tra­bajar la madera. En su casa se conservaban mesas labradas, carpetas y marcos hechos par él, como también algunas acuare­las que pintaba. No le gustaba hablar de aquellos años. Su mujer me dijo un día: «Yo he perdonado y en esa actitud he educado a mis hijos, no quería que odiasen.»
Mi padre congeniaba muy bien con los moros. Melali era un buen amigo suyo con el que había establecido una especie de pacto:
-«Tú y yo tal como hermanos. Tú vienes a mi casa, yo voy a la tuya, tu mujer puede venir a visitar a las mías. Pero tú y yo jamás hablar de religión, tú crees en un Dios infinitamente sabio y poderoso cuyo profeta en la tierra es Cristo; yo creo en el mismo Dios cuyo profeta en la tierra es Mahoma. ¿Quién de los dos está equivocado?. Hasta después de la muerte no lo sabremos.»
Así, con el mutuo respeto de sus religiones, solían convivir moros y cristianos. No sé si fue en Alcazarquivir o en Larache que, con motivo del santo de la Reina Madre, tuvo mi padre que organizar una fiesta de caridad. Había hecho saber doña Cristina que, en lugar de festejos, se hiciesen cuestaciones con fines benéficos. Habló, pues, mi padre con el capellán del lugar y le expuso su idea de recaudar fondos de las tres comunida­des: la cristiana, la musulmana y la judía.
-«Me parece muy bien -contestó el sacerdote- pidamos fondos a las tres comunidades para los niños pobres cris­tianos.»
-«No, padre -le replicó Luis Castelló-, para los niños po­bres de todas las religiones.»
-«Se va usted a condenar» -fue la respuesta del cura. Haciendo caso omiso del vaticinio, mi padre organizó la fiesta de acuerdo con su idea. Bajo un gran letrero que decía «La caridad no hace distingos de religiones», presidió la mesa en la que se entregaban los donativos; tenía a un lado al Bajá y al otro lado al Rabino. Al terminar el acto preguntó mi padre al Bajá:
-«¿Qué te ha parecido?»
-«Muy bien todo... pero ¿para qué tuviste que traer a éste?»
Este era... el Rabino.
Una anécdota que recuerdo fue la del entierro de una alta personalidad mora. Las autoridades españolas solicitaron per­miso para asistir al entierro, permiso que fue concedido con la siguiente advertencia: «Podéis venir. Nosotros vamos rezan­do detrás de nuestro muerto, no os pedimos que hagáis la mis­mo puesto que no tenéis nuestra religión. Pero sí les pedimos un favor, que vayáis callados y sin fumar.»
A su vez, los españoles tuvieron la oportunidad de darles una pequeña lección: un día falleció una alta personalidad es­pañola. Las autoridades moras pidieron permiso para asistir al entierro y a los funerales. Fue el General Mola quien se encargó de darles la respuesta: «Muy bien, que vengan. Ahora bien, a nosotros nos obligan a descalzarnos para entrar en sus Mezqui­tas y una de dos, o se descalzan para entrar en nuestra Iglesia o se descubren.» Optaron por descalzarse.

domingo, 7 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 16


Los callos en las rodillas eran consecuencia de otra de sus penitencias, que consistía en hacer una magnífica alfombra de nudos: Como la hacía sin telar, se pasaba los días arrodillada.
No es que mi madre fuese una mujer particularmente beata; sus novenas, sus rosarios y sus promesas formaban parte de su personalidad. Tenía dos santos preferidos: Santa Ana y San Cayetano. Me imagino que su devoción por la madre de María sería debida a que, según la tradición, dio a luz a su hija en una edad muy avanzada. Mi madre debió pensar que era la Santa adecuada para proteger a una mujer que fue madre por primera vez a su edad. Su devoción por San Cayetano no sé dónde tuvo su origen, pero el caso es que mi madre lo nombró su santo financiero.
-«¡Tu madre! -me decía una amiga suya-. ¡El trasiego que se traía con su San Cayetano y sus jugadas en la Bolsa! Primero le rezaba una novena al Santo, después hacía sus con­ferencias a París con su agente, sus órdenes de compra y venta de valores... »
Según mi padre, ella no daba una en sus famosas jugadas; cuando ganaba trescientas pesetas, echaba las campanas al vue­lo; si perdía tres mil, se callaba como una muerta. Mi padre no intervenía para nada en estos asuntos, pues le había firmado un poder al casarse por el cual le dejaba la libre administra­ción de los bienes que aportaba al matrimonio. Por eso, cuando se quejaba de que su esposo no tenía el menor detalle con ella, mi padre solía decirle:
-«Tiene gracia... De manera que yo te firmé un poder para que pudieses disponer libremente de tus bienes; vendes, com­pras tus acciones, te gastas el dinero en lo que quieres o lo ahorras, tenemos una cuenta conjunta en el Banco de la que puedes sacar cheques sin mi autorización, además te entrego mi paga íntegra todos los meses, tú me das veinte duros para "despilfarrar", y pretendes que de ahí ahorre para hacerte re­galos. Cómprate lo que quieras y di que te lo ha obsequiado tu marido.»
-«No es lo mismo...» -contestaba ella.
En 1925 ascendía mi padre a Comandante. La familia se trasladó a Marruecos. El 15 de febrero de 1927, bajo el signo de Acuario nacía yo, Dolores, la segunda de sus hijas, en Larache
Mi nacimiento se produjo sin dificultades. El médico que atendía a mi madre aseguraba que le faltaba tiempo, pero una noche ella sintió los dolores de parto y comprendió que la cria­tura estaba a punto de nacer. Ante la falta de teléfono, mi padre salió a buscar a la comadrona; furioso con el médico que había cometido tamaña equivocación, no se molestó en llamarlo y, mientras tanto, mi madre quedaba sola con su otra niña en la casa. Pero yo tuve la prudencia de esperar la llegada de la co­madrona para venir al mundo. Mis padres deseaban un niño y se les presentó una segunda niña fea, negrita y con mucho pelo. La criatura se crió estupendamente, teniendo la desfacha­tez de mamar hasta los dos años. Al poco tiempo de mi naci­miento mi padre fue destinado a Alcazarquivir como Goberna­dor Militar. Allí me bautizaron con gran pompa. Fue mi pa­drino el hermano de mi padre, quien tardó sus buenos meses en decidirse a emprender el viaje. Cruzar el Estrecho le ins­piraba mucho recelo. Su mujer, que debía ser mi madrina, no se atrevió a emprender tamaña audacia. Me tuvo en sus brazos en la pila bautismal la mujer del General Sausa.
Recuerdo vagamente el patio de la Comandancia de Alcazarquivir, donde jugaba vestida de niño, pues mi madre, para con­solarse de no haber tenido un varón me vestía como tal. Mis juguetes eran de niño también: un caballo de cartón piedra y un coche al que se le encendían las luces de verdad, regalo de Melali Bacha o Baja. El caballo pereció una noche que lo dejé a la intemperie al caerle encima un buen chaparrón que lo des­hizo y el coche dejó prácticamente de funcionar gracias a mis manitas destrozonas.
Mi padre, cabello oscuro, ojos castaños, facciones grandes y bien marcadas, tenía cierto parecido con los árabes. Pero el que era un moro auténtico era el primo militar de mi padre, tío Pepe. En una revista titulada «España en sus héroes» hay una fotografía y un texto que resume sus méritos en las campañas africanas y cuyo final, extraído del Diario Oficial, dice: «Siendo teniente le fue concedida la Medalla Militar Individual por sus méritos y distinguidos servicios que prestó perteneciendo a las tropas de Policía Indígena en Tetuán y Larache, en las que des­arrolló una gran labor política preparando personalmente el avance de nuestras tropas, y muy especialmente por su compor­tamiento en la toma de Dar-el-Atar, en la cábila de Ahl Serif.»

viernes, 5 de noviembre de 2010

GUADALCANAL, PUEBLO VIVO - 10 y último

En este último vídeo pueden ver la misa de la romería de la Virgen de Guaditoca, cantada por el coro del mismo nombre, y una última mirada al Paseo de El Palacio.

Con esta entrega finaliza la serie que con el nombre de "GUADALCANAL, PUEBLO VIVO", les hemos venido ofreciendo en los últimos meses.

Las imágenes fueron realizadas en los años 1989 y 1990 y en ellas hemos querido recoger las efemérides de Guadacanal en un año.

Agradecemos a GUADALKANAL MEDIA, su colaboración para que estas imágenes hayan podido llegar a todos ustedes.





jueves, 4 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 15

Oratorio Caballero de Gracia, donde se casaron Luis Castelló y Margarita Gauthier.

Novios ya, dieron una de las campanadas mayores de Sevi­lla: fueron un domingo juntos a misa. Luego mi padre fue destinado a Madrid. Allí estalló la bomba entre sus compañe­ros: «Se casa Castelló.., Se casa con Margarita Gauthier. ¡Qué amor tan fulminante le ha entrado!»
Las anécdotas sobre su noviazgo se las debo a Rafael Duyós. Su padre, de igual nombre, que era compañero y gran amigo del mío, se había casado mucho más joven que él; así, pues, tenía ya hijos mayores cuando mis padres decidieron casarse.
-«A mí -me dijo Duyós hijo- aquello de Margarita Gau­thier me sonaba a algo leído, así que cuando conocí a tu madre me pareció la reencarnación de un mito.»
Los sábados por la noche tomaba mi padre un tren renqueante y ruidoso y sufría estoicamente su traqueteo para estar el domingo con la novia y volver a emprender el incómodo viaje la noche de ese mismo día.
-«Tengo que ir a la estación a acompañar a Luis -recor­daba Duyós- para ayudarle a llevar unos paquetones enormes que le lleva a la novia de regalo.»
Conociendo a mi padre, me imagino que los regalos en cues­tión eran lámparas, vajillas, etc., incluso un precioso juego de té de porcelana de Limoges.
-«Se lo regalé a tu madre siendo novios.»
-«Se pondría muy contenta.»
-«No creas. Me dijo que no era un regalo de novios, sino de casados. Y yo le contesté entonces que qué más podría desear... Que el novio que hacía regalos de casado, olía a marido. »
Y llegó diciembre de 1921; mi madre se trasladó a Madrid; los muebles fueron llevados en un capitoné y, mientras se ulti­maban los preparativos de la boda, el futuro matrimonio buscó piso y lo encontró sin dificultad en el barrio de Argüelles.
La boda fue muy sencilla; invitaron a un pequeño grupo de amigos que compartieron también el «ágape» en su casa. La ce­remonia tuvo lugar en el oratorio de la calle Caballero de Gra­cia. A ella no asistió mi tío Pepe, pues aquello de que su hermano se casara con una francesa que vivía sola en Sevilla y era absolutamente independiente debió de parecerle poco menos que un pecado imperdonable.
Llevaba mi madre aquel día un conjunto de vestido y cha­quetón gris adornado con piel de topo, un sombrero de la mis­ma piel y unos zapatos de charol negro que, según mi padre, le hacían ver las estrellas. «¡Iba materialmente colgada de mi brazo...! ¡Pero buena era tu madre! ¡Habría sido capaz de con­tar chistes antes de confesar que le hacían daño!»
Poco después, el hermano de mi padre se dignó conocer a su cuñada. La escena no dejó de tener su gracia. Tío Pepe, pese a su porte arrogante y distinguido, no dejaba de ser un señorito de pueblo con la mentalidad estrecha que ello supone. ¡Y no digamos su mujer, Dolores Perea, que pertenecía a la aristocracia local! Mi padre fue a Guadalcanal con su esposa para presentársela.
-«Tu madre, como era tan cariñosa, debió pensar que el hermano de su marido era como él, y echándole los brazos al cuello le estampó un par de besos.»
Qué cara no pondría mi tío y qué mirada le echaría mi tía que se abstuvo para el resto de sus días de repetir el gesto. Mi padre me contaba esta anécdota llorando de risa.
Nueve meses llevaban mis padres de matrimonio cuando nació el primer hijo: una niña a quien pusieron de nombre María Luisa. Un primer parto a los treinta y ocho años, y más aún en aquel entonces, no era fácil. En él tuvo ocasión de demostrar su entereza: no profirió un solo grito.
Más de cuatro años estuvo mi hermana de niña única. Mien­tras tanto, proseguía la guerra de Marruecos. Mi pobre madre se pasaba los días rezando novena tras novena y cumpliendo penitencia tras penitencia para que su marido volviese sano y salvo del frente.
-«Me la encontré hecha un bacalao -comentaba mi pa­dre-, vestida con el hábito de la Virgen del Carmen y callos en las rodillas. Había ofrecido como penitencia no comer más que un triste plato de lentejas cocidas al agua. Supongo que tu hermana y la muchacha comerían otra cosa, pues ellas no te­nían la culpa de que yo estuviese en África.»

martes, 2 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 14


Cuando conoció a mi padre, después de la guerra del 14, era ya una mujer que había pasado de los treinta años, edad más que suficiente para que en la época fuese considerada sol­terona. Era una mujer de estatura mediana, más bien delgada, de rostro agradable, cabello castaño un poco escaso, pues debi­do a las permanentes (tenía el cabello liso y la moda imponía ondas entonces) y los tintes (tuvo canas desde muy joven) se había estropeado su magnífica cabellera. Vestía con distinción y tenía un porte gracioso. Más que belleza poseía un especial encanto y, pese a que su tez era morena, sus facciones eran ne­tamente francesas. Tenía una bonita sonrisa y un tono de voz agradable al qué no dejaba de darle gracia el acento marcada­mente francés que jamás perdió.
De niña solía preguntarle a mis padres:
-«¿Dónde os conocisteis?». Ambos se miraban sonrientes...
-«En los caballitos» -contestaba mi madre.
-«En una sala de natación» -decía mi padre. Pero yo sabía perfectamente que ninguno de los dos sabía nadar.
Buen aficionado a las mujeres, el Comandante Castelló no dejó de fijarse en Marguerite Gauthier y preguntó a la dueña del hotel quién era aquella señorita de tipo tan fino y que ves­tía tan elegantemente. Aquélla le dio los datos solicitados y, por encargo del pretendiente en ciernes, le dijo a la francesita que un señor del hotel deseaba conocerla. «No me interesa» -fue la contestación de Margarita que se hallaba perfectamen­te instalada en su trabajo y en su independencia moral y eco­nómica. El flamante comandante recibió entonces unas calaba­zas que en nada le desanimaron.
Tenía yo dos postales del Hotel París encontradas en casa de mi abuela materna; en una de ellas se veía el comedor: co­lumnas, muchas plantas verdes y unos impecables manteles blancos. La otra es del salón: mesas, sillones de mimbre, gran­des cristaleras y más plantas. Un buen hotel sin grandes lujos, muy de la época. Me imagino que un día se encontrarían en el comedor, cambiarían un saludo; al otro coincidirían en el salón y cruzarían unas palabras. La animosidad fue desapareciendo. Cuando se iba a París en busca de sus modelos, el Comandante la acompañaba a la estación:
-«Le enviaré postales» -decía él.
-«Sí, escríbalas en español. Yo le contestaré en francés y así haremos intercambio de idiomas» -contestaba Margarita que iba con frecuencia a París en busca de modelos, telas, y ex­clusivas para reproducir algunos diseños.
Paseando un día por Sevilla con mi padre, en la plaza donde se encuentra la Catedral, me señaló una casa de tres pisos:
-«Mira, hija, en esa casa vivió tu madre.»
Era una casa con miradores, muy de comienzos de siglo. Uno de los pisos estaba dedicado a taller y salón de pruebas y en el otro tenía su vivienda. Guardo una foto suya asomada a uno de los balcones, rodeada de todas sus oficialas; el mismo día, y con el mismo vestido blanco adornado con un cinturón de falla roja, se retrató en su habitación. En ella se ven los mis­mos muebles de caoba que conservo aún, la cama con un ca­bezal altísimo, un tocador con el espejo ovalado sostenido por guirnaldas de bronce de las que parten unos brazos y unas luces con pantallas de color damasco amarillo que hacen juego con las tapicerías. Se la ve sentada en una butaca con un figu­rín de modas sobre las rodillas. El comedor, azul claro, y la salita, damasco morado, de moda en aquellos años, datan de la misma época.
-«¿Y cómo te declaraste a mamá?» -le pregunté en cierta ocasión a mi padre.
-«No sé... éramos muy buenos amigos. Creo que le dije algo así: Margarita, ¿y si tú y yo nos casáramos (tras dos años de amistad había dejado de lado el protocolario usted). Y tu madre me respondió:
-Me parece una excelente idea. Voy a preparar los papeles.»
A mí aquello se me antojó muy poco poético y así se lo dije a mi padre.
-«El matrimonio es una cosa muy seria; además, ninguno de los dos éramos niños ni estábamos para romanticismos» -me contestó.