lunes, 22 de noviembre de 2010

RETAZOS DE LA VIDA DEL GENERAL CASTELLÓ - 24


Al día siguiente y a la hora convenida, todos los designados estábamos presentes. El señor Azaña dijo:­
-"Me siento muy emocionado y no estoy para pronunciar discursos." Acto seguido dio la mano a los tres inspectores y al General Masquelet sin pronunciar una palabra. Al llegar has­ta mí, estrechándome las manos, me dijo:
-"General Castelló, no olvidaré nunca su lealtad." Luego salió del despacho y lo acompañé hasta la puerta del Ministerio. Gil Robles estuvo un mes de ministro; lo reemplazó Martí­nez Barrios. Como siempre que entraba un nuevo ministro, puse el cargo a su disposición.
-"Continúa usted de subsecretario conmigo, General Cas­telló. ¿Recuerda que estando usted destinado en el Regimiento de Soria yo era cabo y me castigó con un mes de arresto en un calabozo?
-"Pues no me acordaba."
-"No le faltaba a usted razón... hubo un mitin republicano en Sevilla y yo asistí a él de uniforme. Me detuvo la guardia Civil y me llevó al cuartel; usted dio parte al Coronel y fui al calabozo."
Martínez Barrios despachaba con mucha soltura, estudiaba los asuntos complicados en su casa y los traía resueltos. Tenía una buena cultura general, aunque no era ni bachiller.
Siendo Ministro de la Guerra Martínez Barrios, se presentó en mi despacho don José María Gil Robles para decirme que había tratado de ver al Ministro y que le habían negado que estuviera en el Ministerio. Como antecedente de esta visita diré que el Director del Tiro Nacional, General Suárez Inclán, había muerto y los socios habían nombrado como sustituto al señor Gil Robles. Me había llamado Martínez Barrios a su despacho y preguntado cómo funcionaba eso; le informé que allí hacían su instrucción preliminar los reclutas que aspiraban a reducir su servicio en filas; se les proporcionaban fusiles y municiones a precios reducidos. Me ordenó el Ministro que inmediatamente se recogieran los fusiles y municiones.
-"No quiero que el Tiro Nacional sirva para instruir adep­tos políticos. Esta medida que adopto la tomaría igual si hubie­se sido nombrado presidente del Tiro el señor Largo Caballero." Un día se me presentó en el despacho el Coronel don Fran­cisco Borbón, quien me comentó que, a pesar de estar amnis­tiado por los sucesos del 10 de agosto, a él no se le daba mando y a sus hijos les gritaban en el colegio: "¡Fuera Borbones!"
El Ministro consultó conmigo:
-"¿Y qué se puede hacer?"
-"Se le podría dar una comisión del Servicio en París hasta que los ánimos se fuesen calmando" -respondí.
-"Hágalo usted" -me ordenó.
Se produjo una crisis gubernamental y pasó a Gobernación. Mientras detentaba este cargo sucedió un acontecimiento im­portante: estando Lerroux enfermo y guardando cama se le presentaron Azaña y Martínez Barrios en su casa para manifes­tarle que se habían puesto de acuerdo en formar un bloque po­lítico. Martínez Barrios se separaba así de Lerroux y se llevaba cuarenta diputados. Al jefe del partido radical le produjo gran amargura esta decisión.
-"Yo lo he sacado de la nada y lo he preparado para que me sucediese a tiempo en el partido radical, pero no ha tenido paciencia para esperar y me ha dado esta puñalada por la es­palda. Esto no es de extrañar, para ser agradecido hay que ser bien nacido y él no lo es" -solía decir Lerroux con tristeza. El Presidente de la República, enterado de la escisión del partido radical y que como consecuencia de ello le faltaban votos para gobernar, le entregó el poder a Martínez Barrios que con sus diputados, los de Azaña, los socialistas y la Ezque­rra, convocó nuevas elecciones que fueron muy reñidas y que finalmente perdió. Salieron dos grupos de diputados: los radi­cales y la CEDA. Con este Gobierno asumió el Ministerio de la Guerra el señor Iranzo. Era médico y abogado. De él decían los médicos que era un buen abogado y los abogados que era un buen médico. Durante su breve estancia en el Ministerio se produjo una vacante de General de División y me preguntó cómo se cubría. Le expliqué que con los que estuvieran aptos para el ascenso en el primer tercio de la escala. Me pidió la lista, se la entregué y la llevó al Consejo de Ministros. Al regre­sar me dijo:
-"Ascienda usted al número treinta, el señor Molero." Era el último de la escala.
Gran revuelo motivó este ascenso; mi despacho se llenó de los generales que habían sido salteados, entre ellos Franco, Mola y Fanjul. Luego de hacer averiguaciones nos enteramos de que el ascenso lo habían apoyado Martínez Barrios e Iranzo, ambos masones. Molero también lo era.
Después de la reorganización del Ejército, el General Franco quedó como número uno de los Generales de Brigada. La pri­mera vacante que se produjo de General de División la cubrió el Ministro Iranzo con el General Molero, que era el número veinte de la escala. La segunda vacante la cubrió el Ministro Martínez Barrios con el General Franco. Cuando más adelante Franco vino de Baleares convocado por el Ministro Diego Hi­dalgo Durán, era ya General de División.
Perdidas las elecciones por el Gobierno, el Presidente, señor Alcalá Zamora, formó nuevo Gobierno con Lerroux. Asumió el Ministerio de la Guerra el señor Diego Hidalgo Durán. No era Diego Hidalgo muy conocido en el ámbito militar; sólo sabía­mos de él que había escrito un libro titulado «Un notario es­pañol en Rusia». Al entrar tuvo la debilidad de recibir a los periodistas y cuando éstos le preguntaron qué planes traía, res­pondió:
-"Yo soy otro Lord Haldane, que, como sabrán ustedes, fue el primer Ministro de la Guerra que tuvo el Rey Eduar­do VII cuando empezó a reinar, y como él os digo que soy una doncella que acaba de desposarse con el dios Marte y que, por tanto, no se espere fruto de esta unión hasta pasados nueve meses."
Por lo visto los periodistas reprodujeron los comentarios en grandes titulares... Yo creía que estas cosas sólo se podían decir en Inglaterra, donde tienen un sentido del humor menos mordaz que en España, pues había leído en una biografía de Eduardo VII que cuando se lo contaron el rey se rió con ganas. Así llegamos a octubre de 1934. Lerroux, en su afán por tener más base para gobernar, le pidió su concurso a la CEDA; ésta nombró dos ministros y, al saberse, el diario «El Socialista» lanzó una consigna que decía: «Ahora que cada cual cumpla con su deber», y estalló la huelga general en toda España y con carácter violento en Asturias. El Gobierno tomó la decisión de abortarla y, para ello, se fundó en los artículos 17, 48 y 45 de la Ley de Orden Público del año 1933.
Posteriormente, cuando Gil Robles asumió el Ministerio de la Guerra, nombró Jefe de E.M. al General Franco y adjunto al General Mola, situación que en su momento me había traído a la memoria un juicio que este último había hecho sobre Fran­co. En cierta ocasión me había preguntado:
-"¿Tú has tratado a Franco? Es un hombre muy callado, sabe oír sin interrumpir. Cuando terminábamos las batallas ju­gábamos a las cartas, bebíamos o nos íbamos de diversión; él jamás nos acompañaba. No es efusivo en sus gestos amistosos. Estarás tratándolo diez años y no sabrás si es amigo tuyo."
Cuando, a fines de octubre, comenzó la movilización de las unidades, se enviaron fuerzas a Barcelona, así como a Asturias. El Ministro se trajo a sus órdenes al General Franco y dio el mando de las tropas de Asturias al General López Ochoa.
El General Batet, el día 5 de octubre, me dijo:
-"Castelló, dígale al Ministro que en Las Ramblas se entre­ga armas a todo el que las requiera y se canta 'Els segadors'; esto está muy mal" -y cortó la comunicación.
Informé a la presidencia, pero no creyeron necesario decla­rar el Estado de Guerra. Fueron llegando noticias de alzamien­tos en otros puntos de España. En Madrid se tiraba desde las azoteas sobre las fuerzas de orden público. Hice una nueva pe­tición al Ministro para que declarara el Estado de Guerra; por fin, a las nueve de la noche accedió. Ordenó que una Compañía del Cuartel de la Montaña fuese a poner el bando en el Minis­terio de Gobernación; en cuanto salió del Cuartel la recibieron a tiros y tuvieron que refugiarse en él. Entonces, por primera vez en la historia, el bando se trasmitió por radio para toda España. Hasta ese momento llevé yo el peso de las órdenes con el Teniente Coronel Ungría y mi ayudante Castejón. Decla­rado el Estado de Guerra, se encargó al Estado Mayor Central dirigir las operaciones. A las seis de la mañana del día 6 me avisaron desde Barcelona que se había rendido la Generalitat y que todos sus ministros estaban presos.

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